Por: CARLOS ANDRÉS COTES
Hace unos pocos años, el combustible provenía en gran parte de contrabando desde un país vecino, cruzando las selvas limítrofes para abastecer los laboratorios clandestinos. Sin embargo, actualmente cambió la dinámica del negocio. Hoy, las estructuras recurren a una modalidad más riesgosa y sofisticada: perforar oleoductos y conectarse ilegalmente mediante válvulas, enterrando mangueras que se extienden por más de un kilómetro para extraer el hidrocarburo.
Cuando Ecopetrol detecta una caída inusual en la presión de los oleoductos, activa de inmediato sus protocolos de seguridad y notifica a las autoridades. Sin embargo, encontrar estas válvulas ilegales es una tarea compleja. Generalmente, los puntos de extracción se ubican lejos del lugar donde se instala la válvula, lo que dificulta la acción oportuna del Ejército Nacional y la Policía. Pese a los esfuerzos, miles de galones de combustible son robados cada mes.
Este delito no es improvisado. Existe una red especializada en hurtar el hidrocarburo, con logística y conocimiento técnico para operar en zonas rurales apartadas sin ser detectados. Los galones robados terminan en laboratorios donde se procesa la pasta de coca, insumo base para la producción de clorhidrato de cocaína. Posteriormente, el alcaloide se distribuye como una telaraña en zonas urbanas y rurales, alimentando la cadena del tráfico de estupefacientes y perpetuando la inseguridad.
Mientras el país no cuente con tecnología avanzada para detectar en tiempo real estas conexiones ilegales, las pérdidas económicas seguirán ascendiendo a millones de dólares. Más grave aún, el tráfico de estupefacientes continuará beneficiándose de este hurto silencioso, extendiendo su red de violencia en nuestra sociedad.