jueves, 26 de marzo de 2026

Zonas grises, el costo del abandono territorial.

Las denominadas zonas grises se han convertido en uno de los mayores desafíos para la seguridad y la gobernabilidad. Son territorios donde la presencia del Estado es débil, y simbólica, y donde esa ausencia ha sido aprovechada por estructuras criminales para expandir su influencia, controlar economías ilícitas y someter a comunidades enteras bajo reglas impuestas por la violencia y el miedo. En estos espacios, el abandono institucional no es una percepción, es una realidad cotidiana que afecta la vida, la libertad y la seguridad de la población.

Las zonas grises no siempre se manifiestan con enfrentamientos armados o retenes ilegales visibles. Su mayor peligro radica en el control silencioso que ejercen las estructuras criminales entre los limites de los departamentos,  veredas y municipios. Allí se decide quién puede trabajar, a quién se le permite abrir un negocio, quién debe pagar vacuna o guardar silencio. La violencia es selectiva y estratégica, lo que reduce la denuncia y normaliza la ilegalidad como forma de supervivencia.

La falta de oportunidades laborales, educación, justicia y servicios sociales, las economías ilícitas se convierten en la principal fuente de ingresos. Microtráfico, extorsión, contrabando y otras actividades ilegales alimentan un círculo perverso donde el dinero ilícito financia más violencia y consolida el control territorial, debilitando aún más la autoridad legítima.

Otro efecto directo del abandono territorial es la erosión de la institucionalidad. En las zonas grises puede existir administración pública, fuerza pública o justicia, pero con capacidades limitadas, miedo, presión criminal o corrupción. Esto permite la cooptación de decisiones públicas, la manipulación social y, en algunos casos, la influencia directa de estructuras armadas en procesos políticos y comunitarios.

Romper las zonas grises exige mucho más que operativos armados. Requiere una presencia estatal sostenida, coordinada y creíble, que combine seguridad, justicia efectiva, inversión social y oportunidades reales para la población. Mientras el Estado no ocupe de manera integral los territorios que ha dejado en el abandono desde hace algunos años, las zonas grises seguirán siendo el espacio fértil donde prospera la violencia, se debilita la legalidad y se pone en riesgo la vida de los ciudadanos.

En esencia, las zonas grises representan el punto de convergencia entre la legalidad, simbolizada por el color blanco, y la ilegalidad, representada por el color negro. De esa mezcla surge el gris, un espacio ambiguo donde la norma existe, pero no se impone, y donde la autoridad está presente, pero no ejerce control real. En estos territorios, la ilegalidad termina por consumir lo legal, desdibujando las fronteras entre lo permitido y lo prohibido, normalizando el delito y acabando con la confianza ciudadana. Allí, el Estado pierde nitidez, la ley se diluye y los grupos armados encuentran el escenario perfecto para afianzarse y perpetuar su dominio sobre comunidades que quedan atrapadas en esa peligrosa tonalidad gris.

domingo, 22 de marzo de 2026

Del legado de Ciro el Grande a la crisis de Irán

Por: Cale Cotes

Hace más de dos mil quinientos años gobernó en el antiguo Medio Oriente un hombre que la historia recuerda como uno de los grandes líderes de la antigüedad, Ciro el Grande. Fue el fundador del Imperio Persa y un gobernante reconocido por su visión política y su respeto por los pueblos conquistados. A diferencia de muchos conquistadores de su época, Ciro permitió que diferentes culturas conservaran sus creencias, sus leyes y sus tradiciones. Ese estilo de gobierno le dio estabilidad a un imperio enorme que se extendía desde Asia Central hasta el Mediterráneo.

Para el pueblo judío, Ciro tiene un significado especial. Cuando el Imperio Babilónico había destruido Jerusalén y llevado a miles de judíos al exilio, fue Ciro quien, tras conquistar Babilonia en el año 539 antes de Cristo, permitió su regreso a la tierra de Israel y autorizó la reconstrucción del templo en Jerusalén. Por esa decisión histórica, los judíos lo recuerdan como un gobernante justo y como un líder extranjero que ayudó a restaurar su nación y su vida religiosa.

Siglos después, la relación entre el mundo persa y el pueblo judío cambiaría de manera radical. En 1979 ocurrió la Revolución Islámica en Irán, que derrocó al sha Mohammad Reza Pahlavi, que anda dando vueltas por ahí con ganas de tomar las riendas del poder, y dio paso a un régimen teocrático liderado por los ayatolás. Desde entonces el país quedó bajo un sistema político dominado por autoridades religiosas que concentraron el poder del Estado. Con ese cambio de régimen también se transformó la política exterior iraní, especialmente frente a Israel.

A partir de esa revolución, el nuevo liderazgo iraní comenzó a adoptar una postura abiertamente hostil hacia el Estado de Israel. Líderes del régimen han declarado en repetidas ocasiones que Israel debería desaparecer del mapa y han respaldado a organizaciones armadas en la región que mantienen confrontación directa con el Estado israelí. Esa situación ha convertido a Irán en uno de los principales focos de tensión en la seguridad del Medio Oriente y en una amenaza estratégica para Israel.

Lo paradójico es que, pese a ser uno de los países con mayores reservas de petróleo y gas del planeta, Irán atraviesa desde hace años serias dificultades económicas. Las sanciones internacionales, el aislamiento político, los problemas de gestión interna y el enorme gasto en confrontaciones regionales han deteriorado su economía. Muchos ciudadanos iraníes viven hoy con inflación elevada, desempleo y pérdida del poder adquisitivo, muy lejos de la prosperidad que podría generar la riqueza energética del país.

Conviene recordar además que Irán no siempre se llamó así. Durante siglos el país fue conocido como Persia, nombre asociado a una de las civilizaciones más influyentes de la historia. En 1935 el gobierno solicitó que la comunidad internacional utilizara oficialmente el nombre Irán, que significa “tierra de los arios”. Sin embargo, para muchos de nosotros, en las clases de geografía del colegio, Persia siempre aparecía como una gran civilización que aportó cultura, administración, conocimiento y desarrollo a la humanidad. Ese legado histórico sigue siendo parte de la memoria del mundo.

jueves, 19 de marzo de 2026

Islamización forzosa; cuando la religión se convierte en riesgo para la seguridad internacional

Cuando se habla de islamización forzosa no se está hablando de la religión islámica como tal, ni de los millones de personas que practican el islam de manera pacífica en el mundo. Se habla de otra cosa distinta, de cuando grupos radicales intentan imponer sus creencias religiosas por la fuerza, por presión o por miedo. Este fenómeno ha sido estudiado en temas de seguridad nacional porque puede afectar la estabilidad de los países, sobretodo los europeos, generar conflictos internos y convertirse en un riesgo para la seguridad internacional.

La islamización forzosa ocurre cuando sectores extremistas buscan que una sociedad adopte normas religiosas obligatorias, incluso en países donde existen leyes civiles y constituciones democráticas. Esto puede empezar de forma silenciosa, con presión social dentro de comunidades, rechazo a las leyes del Estado o creación de grupos cerrados que no reconocen la autoridad nacional. Con el tiempo, estos comportamientos pueden generar divisiones, enfrentamientos y pérdida de control institucional en algunos territorios.

Desde el punto de vista de la seguridad nacional, el problema aparece cuando un grupo intenta reemplazar las normas legales por normas religiosas obligatorias, se debilita la autoridad, aumenta el riesgo de violencia y se afecta la convivencia. Los organismos de seguridad en varios países han advertido que estos procesos pueden facilitar la radicalización, el reclutamiento de personas y la formación de redes que luego se conectan con organizaciones extremistas procedentes de algunos países musulmanes con gobiernos teocráticos.

En materia de seguridad internacional, la preocupación es mayor porque estos fenómenos no se quedan dentro de un solo país. Los grupos radicales suelen tener contactos en otros lugares, reciben apoyo desde el exterior o comparten ideologías con movimientos violentos. Esto puede provocar atentados, conflictos regionales o crisis migratorias, situaciones que terminan afectando a varios Estados al mismo tiempo. Por eso, muchos gobiernos consideran la radicalización religiosa forzada como una amenaza que debe vigilarse con seriedad.

Es importante dejar claro que la libertad religiosa es un derecho fundamental y debe respetarse siempre. Cada persona tiene derecho a creer o no creer. El problema aparece cuando alguien quiere obligar a otros a seguir una religión o cuando pretende que la ley religiosa esté por encima de la ley del país. En ese momento deja de ser un tema de fe y se convierte en un asunto de orden público y de seguridad.

Por esta razón, los Estados deben proteger la libertad de culto, pero también deben impedir cualquier intento de imposición que ponga en riesgo la convivencia, la estabilidad institucional y la paz. La islamización forzosa, entendida como imposición radical y obligatoria, no solo afecta a una comunidad, sino que puede convertirse en un problema serio para la seguridad nacional y también para la seguridad internacional.

**Esta columna, expone reflexiones personales del autor sobre temas de seguridad, defensa y convivencia; por lo tanto, las ideas aquí expuestas no representan posiciones institucionales ni comprometen a entidad alguna** 

lunes, 16 de marzo de 2026

Percepción de seguridad, el reto de volver a confiar en la ciudad

Por: CALE COTES

La percepción de seguridad es el sentimiento que tienen los ciudadanos sobre qué tan seguros o inseguros se sienten en el lugar donde viven, independientemente de las cifras reales de criminalidad. No siempre coincide con las estadísticas, porque la percepción se construye a partir de experiencias personales, comentarios de vecinos, noticias, redes sociales y hechos que generan impacto emocional. Cuando la percepción de inseguridad aumenta, la gente cambia sus hábitos, evita salir de noche, desconfía de los desconocidos, reduce la vida en comunidad y comienza a sentir que el Estado ha perdido el control del territorio.

En las ciudades, la percepción de inseguridad se manifiesta de muchas formas. Calles vacías en horas tempranas, parques sin niños, vecinos que ya no conversan en las puertas de sus casas, aumento de rejas, cámaras y alarmas, y una constante sensación de alerta. Aunque los delitos no siempre hayan aumentado, el temor se multiplica cuando hay hurtos repetidos, presencia de consumidores de droga, riñas, motocicletas sospechosas o falta de reacción oportuna de las autoridades. La inseguridad percibida se vuelve entonces un problema social tan grave como la inseguridad real, porque deteriora la convivencia y rompe la confianza entre ciudadanos.

Contrarrestar la percepción de inseguridad exige algo más que operativos policiales. Se necesita presencia visible, permanente y cercana de la autoridad, recuperación de espacios públicos, iluminación adecuada, control del ruido, vigilancia en zonas residenciales y respuesta rápida ante cualquier incidente. La gente comienza a sentirse segura cuando ve que el Estado está presente, que hay orden, que las normas se cumplen y que quien comete un delito tiene consecuencias.

Para que los habitantes vuelvan a sentirse tranquilos, las acciones deben ser integrales. No basta con capturar delincuentes, también hay que fortalecer la convivencia, promover la organización comunitaria, activar frentes de seguridad, mejorar la comunicación entre vecinos y garantizar que la policía tenga contacto directo con los barrios. En ciudades como Valledupar, donde antes era normal sentarse en mecedoras en las puertas de las casas, siempre he tenido el propósito de diseñar una estrategia de percepción de seguridad que permita que la gente vuelva a sentarse en las puertas de sus casas, que regresen las visitas entre vecinos y familiares, y que se recupere esa confianza cotidiana que fortalece la convivencia. Recuperar la tranquilidad no es solo reducir el delito, es devolver la vida al barrio y reconstruir la relación entre la comunidad y su entorno.

Un elemento fundamental es el trabajo articulado entre la Policía Nacional, las autoridades locales y las empresas de vigilancia privada. Los vigilantes son los primeros en observar movimientos extraños, personas sospechosas o situaciones irregulares, por lo que deben integrarse a los esquemas de seguridad mediante redes de apoyo, canales directos de comunicación y protocolos claros de actuación. Cuando la vigilancia privada y la policía trabajan coordinadamente, se fortalece la prevención y se transmite a la comunidad la sensación de control y protección.

La percepción de seguridad no se impone, se construye todos los días. Se construye cuando la gente vuelve a caminar tranquila, cuando los parques se llenan nuevamente, cuando los vecinos se saludan sin miedo y cuando las mecedoras regresan a las puertas de las casas. Ese es el verdadero indicador de que una ciudad se siente segura.

**Esta columna, expone reflexiones personales del autor sobre temas de seguridad, defensa y convivencia; por lo tanto, las ideas aquí expuestas no representan posiciones institucionales ni comprometen a entidad alguna** 

miércoles, 11 de marzo de 2026

Células durmientes; la amenaza silenciosa

                                                                    POR: CALE COTES

En el mundo de la seguridad se habla con poca frecuencia de las llamadas células durmientes. Este término se usa para describir a personas o pequeños grupos que pertenecen o tienen vínculos con organizaciones terroristas, pero que permanecen durante años viviendo de manera aparentemente normal dentro de un país distinto al de su origen. No realizan ataques ni muestran señales visibles de actividad ilegal. Su misión es “dormir”, es decir, esperar el momento indicado para actuar cuando reciban una orden. Precisamente por esa capacidad de pasar desapercibidas durante largos periodos, las células durmientes representan una amenaza difícil de detectar para los sistemas de seguridad de cualquier Estado.

Cuando estas células operan en países que no son su lugar de origen, su principal estrategia es mezclarse con la sociedad. Sus integrantes pueden tener trabajos comunes, abrir pequeños negocios, estudiar o vivir como cualquier ciudadano. Durante ese tiempo buscan integrarse a la comunidad y evitar cualquier comportamiento que levante sospechas. Sin embargo, mientras mantienen esa apariencia de normalidad, también pueden observar posibles objetivos, establecer contactos o crear redes de apoyo que podrían servirles en el futuro si llegaran a ejecutar una acción violenta.

Las órdenes para activar a estas células no suelen venir de manera directa o evidente. Normalmente provienen de líderes o jefes terroristas que se encuentran en otros países. Hoy en día la comunicación puede hacerse a través de aplicaciones encriptadas, mensajes ocultos en internet o intermediarios que transmiten instrucciones. En algunos casos, las órdenes incluso pueden haberse definido con anticipación, de manera que los integrantes de la célula saben qué hacer cuando se presenten determinadas circunstancias. Todo esto busca evitar que las autoridades puedan detectar fácilmente el vínculo con la organización que está detrás.

Por esa razón, la mejor manera de enfrentar esta amenaza es a través de la inteligencia. Esto significa analizar información, detectar comportamientos sospechosos y trabajar de manera coordinada entre distintas agencias de seguridad. También es fundamental la cooperación entre países, ya que muchas de estas redes operan a nivel internacional. El seguimiento a movimientos financieros sospechosos, la vigilancia de redes extremistas y el uso de tecnología para analizar datos ayudan a identificar señales tempranas que podrían indicar la existencia de una célula durmiente.

En el caso de Estados Unidos, algunos analistas de seguridad han advertido sobre el riesgo de que actores vinculados con Irán puedan intentar establecer o activar células durmientes en su territorio. Estas estructuras podrían buscar realizar atentados contra infraestructuras estratégicas, instalaciones gubernamentales o lugares con alta presencia de público. Más allá de causar daños materiales, el objetivo de estos ataques sería generar miedo, inestabilidad y afectar la sensación de seguridad dentro del país.

En conclusión, las células durmientes son una amenaza silenciosa porque pueden permanecer ocultas durante mucho tiempo antes de actuar. Su capacidad para integrarse a la vida cotidiana hace que su detección sea compleja. Por ello, la prevención, la inteligencia y la cooperación internacional son herramientas fundamentales para enfrentar este tipo de riesgo. Mantener sistemas de seguridad atentos y bien coordinados es clave para evitar que estas estructuras pasen de la invisibilidad a la acción terrorista.

**Esta columna, expone reflexiones personales del autor sobre temas de seguridad, defensa y convivencia; por lo tanto, las ideas aquí expuestas no representan posiciones institucionales ni comprometen a entidad alguna** 

lunes, 9 de marzo de 2026

Operaciones de Falsa bandera

                                                                                  POR: CALE COTES

En el mundo de la seguridad internacional existe un término poco conocido por el público general, pero muy utilizado en los análisis estratégicos: las operaciones de falsa bandera. Se trata de una práctica que consiste en realizar un ataque o una acción hostil haciendo creer que el responsable es otro actor. En otras palabras, alguien ejecuta una acción, pero deja pistas para que el mundo piense que fue otro país o grupo quien la realizó.

El origen de la expresión viene de la guerra naval. En siglos pasados, algunos barcos de combate izaban la bandera de otro país para engañar a sus enemigos y acercarse sin levantar sospechas. Cuando estaban lo suficientemente cerca, revelaban su verdadera identidad y atacaban. Con el paso del tiempo, esta forma de engaño fue trasladándose al ámbito militar, político y de inteligencia.

En términos sencillos, una operación de falsa bandera busca manipular la percepción de los hechos. El objetivo no siempre es únicamente causar daño, sino también provocar una reacción. Por ejemplo, generar indignación en la opinión pública, justificar una respuesta militar, o responsabilizar a un adversario para debilitarlo políticamente ante la comunidad internacional.

Este tipo de prácticas han sido mencionadas en distintos momentos de la historia, especialmente en contextos de guerra o de fuertes tensiones geopolíticas. En escenarios donde existen múltiples actores enfrentados, la autoría de un ataque puede convertirse en un elemento decisivo para escalar un conflicto.

Un ejemplo de ello es el complejo panorama de Medio Oriente, una región marcada por disputas políticas, religiosas y estratégicas que involucran a varios países y grupos armados. En medio de estas tensiones, los ataques con misiles, drones o sabotajes generan rápidamente acusaciones cruzadas entre los actores involucrados.

En algunos episodios recientes, han surgido debates en el ámbito internacional sobre la posibilidad de que ciertos ataques puedan ser utilizados para responsabilizar a un adversario específico, aun cuando la autoría real pueda ser más difícil de determinar. Es decir, se plantea la hipótesis de que algunos países o actores puedan intentar hacer creer que otro es el responsable de un lanzamiento de misiles o de una acción militar determinada.

En conflictos tan delicados como los que rodean a Irán y a otros países de la región, la información se convierte en un factor tan importante como la propia acción militar. Quien logra imponer su versión de los hechos puede ganar apoyo internacional o justificar decisiones políticas y militares.

Por esa razón, los analistas de seguridad suelen insistir en la importancia de investigar con rigurosidad cada incidente antes de establecer responsabilidades. En el mundo actual, donde la guerra también se libra en el terreno de la información, entender conceptos como el de falsa bandera ayuda a comprender que no todo lo que parece en un conflicto necesariamente refleja la realidad completa.

En Medio Oriente, donde las tensiones son permanentes y los intereses estratégicos son enormes, la verdad de los hechos muchas veces se convierte en otra víctima de la confrontación. Y por eso, más que nunca, la prudencia y el análisis serio resultan fundamentales para evitar que una acusación equivocada termine alimentando un conflicto mayor.

jueves, 5 de marzo de 2026

Confinamiento social, problemática de control territorial y sus efectos en las comunidades

Por: Calé Cotes


El confinamiento social es una realidad lacerante que afecta a diversas comunidades, sumidas en un estado de vulnerabilidad por la violencia y la inestabilidad social. Este fenómeno es resultado de un prolongado conflicto armado y la existencia de grupos ilegales que ejercen control sobre territorios y poblaciones, limitando su libertad y derechos fundamentales. en este escrito, quiero abordar las causas, consecuencias y posibles soluciones de este fenómeno.

El origen del confinamiento se encuentra en el desbordamiento de la violencia, donde actores armados incursionan en lugares estratégicos, generando un clima de temor e incertidumbre. Comunidades enteras se ven obligadas a aceptar condiciones impuestas, como no salir de sus territorios, votar o no por "x o y" candidatos, y/o cumplir con exigencias inaceptables. La presencia estatal, contribuye a que este fenómeno sea erradicado.

Las consecuencias del confinamiento son devastadoras. La población confinada carece de acceso a servicios básicos, como salud y educación, lo que atenta contra su bienestar físico y mental. Las familias se ven enfrentadas a la escasez de alimentos, agua potable y atención médica, generando un círculo vicioso de pobreza y desesperanza. La desintegración social también se convierte en una realidad palpable, con el aumento del desplazamiento interno y la ruptura de redes comunitarias.

Además, esta situación alimenta un ciclo de violencia que perpetúa el conflicto. La juventud, en particular, es vulnerable a ser reclutada por grupos armados, ya que las oportunidades laborales y educativas son prácticamente nulas. Este fenómeno no solo afecta a los individuos, sino que también desestabiliza la cohesión social de las comunidades.

Para abordar el confinamiento social, es esencial una respuesta integral que combine seguridad ciudadana, desarrollo y atención humanitaria (seguridad humana). El fortalecimiento del Estado en territorios vulnerables debe ser una prioridad, fomentando la construcción de una paz sostenible que garantice los derechos de los ciudadanos. Asimismo, se requieren políticas públicas que promuevan oportunidades socio-económicas y educativas(cero deserción escolar), así como la participación activa de la comunidad en la toma de decisiones.

En conclusión, el confinamiento social, es un fenómeno complejo que requiere configurar las dimensiones de la seguridad humana. Con La erradicación de esta problemática no es solo un imperativo moral, sino un paso esencial hacia la reconstrucción del tejido social y el fortalecimiento de la democracia. La esperanza de un futuro mejor radica en el compromiso colectivo de abordar las raíces de la violencia y construir un país donde todos puedan vivir con dignidad y seguridad.

**Esta columna, expone reflexiones personales del autor sobre temas de seguridad, defensa y convivencia; por lo tanto, las ideas aquí expuestas no representan posiciones institucionales ni comprometen a entidad alguna** 

lunes, 2 de marzo de 2026

Operación Rugido de león, símbolo, poder y destino en Medio Oriente - Seguridad Internacional

                                                                   Por: Carlos Cotes

La operación denominada inicialmente “Escudo de Judá” y luego rebautizada como “Rugido de León” no es una simple acción militar, es un mensaje estratégico lanzado por el pueblo Israelí. El león, símbolo histórico del imaginario persa y emblema esencial del pueblo judío como el León de Judá, representa fuerza, legitimidad y dominio. En el escudo de Jerusalén y en la tradición iraní, el león evoca poder ancestral. Que ambos pueblos compartan ese símbolo convierte la denominación en una pieza de comunicación estratégica cargada de significado político y cultural.

La muerte anunciada del líder supremo Alí Jaimenei, tras el bombardeo del 28 de febrero de 2026, se inscribe en un escenario de confrontación prolongada. Durante años, Estados Unidos e Israel insistieron en un proceso de negociación orientado al desarme nuclear iraní. La negativa persistente del régimen a limitar su programa, sumada al fortalecimiento de su capacidad balística, misiles de largo alcance e incluso sistemas hipersónicos, configuró un entorno de disuasión inestable. En Medio Oriente, la acumulación de poder militar no es retórica, es demostración de capacidad real para alterar el equilibrio regional.

El objetivo declarado por Washington y Jerusalén es la derrota del régimen de los ayatolás, al que han dejado en evidencia de financiar y coordinar organizaciones armadas en distintos teatros, incidiendo en la desestabilización política y en la afectación de la seguridad regional e internacional. La caída simultánea del ministro de Defensa, del jefe de la Guardia Revolucionaria, del comandante del Ejército y de otras figuras clave del aparato estatal evidenciaría un golpe directo al núcleo de poder estratégico Iraní.

El sistema político Iraní concentra la autoridad decisoria en el líder supremo, por encima del presidente. El primero define las grandes líneas en materia religiosa, militar y de seguridad nacional; el segundo ejecuta dentro de esos márgenes. Esa arquitectura de poder ha sostenido por más de cuatro décadas un modelo que hoy enfrenta cuestionamientos internos y presión externa.

La reciente ofensiva Iraní contra Israel y otros países del entorno, incluidos Chipre, Baréin, Irak, Jordania, Kuwait, Qatar, Arabia Saudita, Siria y Emiratos Árabes Unidos, amplía el radio de la confrontación. El uso de misiles de racimo lanzados por Irán, prohibidos por el Derecho Internacional Humanitario debido a su efecto indiscriminado sobre zonas civiles y residenciales, constituye una grave vulneración normativa y podría configurar crímenes de guerra.

En este contexto, la única salida sostenible es el diálogo estratégico verificable, acompañado de garantías reales de desarme y transición política. La alternativa es una espiral de escalamiento que comprometería no solo la seguridad regional, sino la estabilidad global. El rugido del león puede ser símbolo de poder, pero también anuncio de una confrontación que nadie podrá controlar.

**Esta columna, expone reflexiones personales del autor sobre temas de seguridad, defensa y convivencia; por lo tanto, las ideas aquí expuestas no representan posiciones institucionales ni comprometen a entidad alguna** 

Impacto del narcotráfico en la seguridad ciudadana y la gobernabilidad

Por: CALE COTES Hay problemas de seguridad que no se explican solo por la delincuencia común. Detrás de muchos hechos de violencia existe un...