Por: CALE COTES
En las ciudades, la percepción de inseguridad se manifiesta de muchas formas. Calles vacías en horas tempranas, parques sin niños, vecinos que ya no conversan en las puertas de sus casas, aumento de rejas, cámaras y alarmas, y una constante sensación de alerta. Aunque los delitos no siempre hayan aumentado, el temor se multiplica cuando hay hurtos repetidos, presencia de consumidores de droga, riñas, motocicletas sospechosas o falta de reacción oportuna de las autoridades. La inseguridad percibida se vuelve entonces un problema social tan grave como la inseguridad real, porque deteriora la convivencia y rompe la confianza entre ciudadanos.
Contrarrestar la percepción de inseguridad exige algo más que operativos policiales. Se necesita presencia visible, permanente y cercana de la autoridad, recuperación de espacios públicos, iluminación adecuada, control del ruido, vigilancia en zonas residenciales y respuesta rápida ante cualquier incidente. La gente comienza a sentirse segura cuando ve que el Estado está presente, que hay orden, que las normas se cumplen y que quien comete un delito tiene consecuencias.
Para que los habitantes vuelvan a sentirse tranquilos, las acciones deben ser integrales. No basta con capturar delincuentes, también hay que fortalecer la convivencia, promover la organización comunitaria, activar frentes de seguridad, mejorar la comunicación entre vecinos y garantizar que la policía tenga contacto directo con los barrios. En ciudades como Valledupar, donde antes era normal sentarse en mecedoras en las puertas de las casas, siempre he tenido el propósito de diseñar una estrategia de percepción de seguridad que permita que la gente vuelva a sentarse en las puertas de sus casas, que regresen las visitas entre vecinos y familiares, y que se recupere esa confianza cotidiana que fortalece la convivencia. Recuperar la tranquilidad no es solo reducir el delito, es devolver la vida al barrio y reconstruir la relación entre la comunidad y su entorno.
Un elemento fundamental es el trabajo articulado entre la Policía Nacional, las autoridades locales y las empresas de vigilancia privada. Los vigilantes son los primeros en observar movimientos extraños, personas sospechosas o situaciones irregulares, por lo que deben integrarse a los esquemas de seguridad mediante redes de apoyo, canales directos de comunicación y protocolos claros de actuación. Cuando la vigilancia privada y la policía trabajan coordinadamente, se fortalece la prevención y se transmite a la comunidad la sensación de control y protección.
La percepción de seguridad no se impone, se construye todos los días. Se construye cuando la gente vuelve a caminar tranquila, cuando los parques se llenan nuevamente, cuando los vecinos se saludan sin miedo y cuando las mecedoras regresan a las puertas de las casas. Ese es el verdadero indicador de que una ciudad se siente segura.
**Esta columna, expone reflexiones personales del autor sobre temas de seguridad, defensa y convivencia; por lo tanto, las ideas aquí expuestas no representan posiciones institucionales ni comprometen a entidad alguna**
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