Por: Carlos Cotes
La muerte anunciada del líder supremo Alí Jaimenei, tras el bombardeo del 28 de febrero, se inscribe en un escenario de confrontación prolongada. Durante años, Estados Unidos e Israel insistieron en un proceso de negociación orientado al desarme nuclear iraní. La negativa persistente del régimen a limitar su programa, sumada al fortalecimiento de su capacidad balística, misiles de largo alcance e incluso sistemas hipersónicos, configuró un entorno de disuasión inestable. En Medio Oriente, la acumulación de poder militar no es retórica, es demostración de capacidad real para alterar el equilibrio regional.
El objetivo declarado por Washington y Jerusalén es la derrota del régimen de los ayatolás, al que acusan de financiar y coordinar organizaciones armadas en distintos teatros, incidiendo en la desestabilización política y en la afectación de la seguridad regional. La caída simultánea del ministro de Defensa, del jefe de la Guardia Revolucionaria, del comandante del Ejército y de otras figuras clave del aparato estatal evidenciaría un golpe directo al núcleo de poder estratégico iraní.
El sistema político iraní concentra la autoridad decisoria en el líder supremo, por encima del presidente. El primero define las grandes líneas en materia religiosa, militar y de seguridad nacional; el segundo ejecuta dentro de esos márgenes. Esa arquitectura de poder ha sostenido por más de cuatro décadas un modelo que hoy enfrenta cuestionamientos internos y presión externa.
La reciente ofensiva iraní contra Israel y otros países del entorno, incluidos Chipre, Baréin, Irak, Jordania, Kuwait, Qatar, Arabia Saudita, Siria y Emiratos Árabes Unidos, amplía el radio de la confrontación. El uso de misiles de racimo lanzados por irán, prohibidos por el Derecho Internacional Humanitario debido a su efecto indiscriminado sobre zonas civiles y residenciales, lo que constituye una grave vulneración normativa y podría configurar crímenes de guerra.
En este contexto, la única salida sostenible es el diálogo estratégico verificable, acompañado de garantías reales de desarme y transición política. La alternativa es una espiral de escalamiento que comprometería no solo la seguridad regional, sino la estabilidad global. El rugido del león puede ser símbolo de poder, pero también anuncio de una confrontación que nadie podrá controlar.
**Esta columna, expone reflexiones personales del autor sobre temas de seguridad, defensa y convivencia; por lo tanto, las ideas aquí expuestas no representan posiciones institucionales ni comprometen a entidad alguna**
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