En distintas regiones del país, especialmente en Antioquia, Chocó, Bolívar, Cauca y sectores de la Amazonía, la explotación ilegal de yacimientos mineros, ha transformado selvas, quebradas y ríos en paisajes devastados. Las dragas destruyen cauces naturales, las retroexcavadoras arrasan bosques y toneladas de sedimentos son arrojadas diariamente a las fuentes hídricas. A ello se suma el uso criminal del mercurio, utilizado para separar el oro de la tierra mediante el proceso conocido como amalgamación. El problema no termina allí. Una vez calentada la mezcla, el mercurio se evapora contaminando el aire y posteriormente regresa a la tierra y al agua en forma de partículas tóxicas.
Los efectos sobre los ríos son alarmantes. El mercurio permanece durante años en el agua y en los sedimentos, convirtiéndose en metilmercurio, una sustancia altamente tóxica que entra en la cadena alimenticia. Los peces absorben el contaminante y posteriormente las comunidades consumen estos alimentos contaminados. Así, miles de familias ribereñas terminan intoxicadas sin siquiera saberlo. El daño es aún más grave en niños y mujeres embarazadas, debido a que el mercurio afecta el sistema nervioso, genera alteraciones cognitivas, daños neurológicos irreversibles, problemas renales y enfermedades respiratorias.
La tragedia ambiental también tiene una dimensión de seguridad nacional. La minería ilegal se ha convertido en fuente de financiamiento de grupos armados organizados y redes criminales transnacionales. Allí donde el Estado pierde control territorial, avanzan las economías ilícitas que destruyen el medio ambiente y someten a las comunidades al miedo y a la ilegalidad. Defender los recursos naturales ya no es solamente una tarea ecológica; es una obligación estratégica para preservar la soberanía, la estabilidad institucional y la vida de millones de personas.
Se necesita fortalecer la capacidad de control sobre el tráfico ilegal de mercurio, endurecer las acciones contra la minería criminal y promover procesos de formalización minera responsables y sostenibles. La protección de los ríos debe asumirse como un asunto prioritario de seguridad ambiental y de supervivencia nacional. Cada gramo de mercurio vertido en nuestras aguas representa una amenaza contra el futuro del país. El oro extraído ilegalmente puede generar riqueza momentánea para unos pocos, pero el daño ambiental y humano que deja el mercurio puede permanecer por generaciones enteras.