lunes, 26 de enero de 2026

El Holocausto nazi, visto desde la memoria viva

Por: CARLOS ANDRÉS COTES M.

Visitar el museo Yad Vashem en Jerusalén - Israel,  fue una experiencia transformadora. Llegué sin conocer a fondo la magnitud del Holocausto Nazi y nunca imaginé que un genocidio tan grande pudiera haber ocurrido contra el pueblo judío bajo la dictadura de Hitler. Al recorrer cada una de sus salas pensé en los millones de niños que quedaron huérfanos, algunos forzados a crecer con el dolor de la ausencia de sus padres, otros asesinados sin haber tenido siquiera la oportunidad de vivir.

En el museo cada fotografía, cada objeto personal, cada pijama de rayas usada por los prisioneros esclavizados me transmitió la crudeza de lo que sucedió entre 1933 y 1945. El término “Holocausto” significa exterminio sistemático, una persecución implacable que no tuvo fronteras y que convirtió la ideología nazi en una maquinaria de muerte contra el pueblo judío.

Desde otros escenarios, uno de los símbolos más desgarradores de esta barbarie es Auschwitz, en Polonia. Con cerca de 140 hectáreas y capacidad para 100.000 prisioneros, se convirtió en el mayor centro de exterminio de la historia. Los trenes llegaban cargados con vagones repletos de personas provenientes de muchos países ocupados por los nazis, que tenían guetos judíos. Estas personas llegaban en condiciones infrahumanas, sin comida ni agua. Al llegar eran separados: quienes podían trabajar eran destinados a la esclavitud; los demás, conducidos directamente a las cámaras de gas. Allí más de mil personas eran asesinadas en veinte minutos con cianuro y luego sus cuerpos cremados.

Los prisioneros soviéticos también fueron víctimas, obligados a construir sus propios barracones. Muchos sobrevivían apenas unos días, otros un año trabajando hasta el límite, para finalmente ser asesinados. Dormían en el suelo, sin dignidad, reducidos a números en un sistema diseñado para borrar su humanidad.

Quiero describir, que al recorrer el museo del Holocausto Yad Vashem, entendí que más allá de las cifras, más de once millones de personas asesinadas, entre ellas seis millones de judíos, lo que sobrevive son las historias individuales: los rostros, las cartas, los objetos, la esperanza rota de millones de seres humanos, y la cantidad de niños que quedaron huérfanos al momento de ser alejados de sus padres.

Hoy, a ochenta y un año de aquella tragedia, el recuerdo sigue siendo un llamado urgente a la humanidad. No basta con conmovernos ante el dolor; debemos aprender, recordar y advertir que el odio y la indiferencia siempre abren la puerta al horror. Salí del museo Yad Vashem, en la ciudad de Jerusalén con el corazón arrugado, convencido de que mantener viva la memoria es un deber moral para que nunca más la historia repita semejante oscuridad contra los judios.

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