La seguridad ciudadana no puede medirse únicamente por estadísticas de reducción del delito; también debe evaluarse desde la percepción de quienes habitan y transitan la ciudad. Cuando el ciudadano siente miedo, el tejido social se resiente y la legitimidad institucional se erosiona. El fenómeno del secuestro exprés y el denominado “paseo millonario” no solo impacta a las víctimas directas, sino que instala un clima colectivo de desconfianza. La delincuencia ha entendido las dinámicas tecnológicas y, en algunos casos, se infiltra en plataformas digitales para instrumentalizarlas.
Por ello, es imperativo que las autoridades de la capital fortalezcan los componentes de inteligencia y contrainteligencia aplicados a la seguridad ciudadana. Se requiere análisis criminal focalizado, interoperabilidad entre bases de datos, monitoreo permanente de vehículos vinculados a aplicaciones y verificación rigurosa de antecedentes. Los planes candado deben permanecer activos 24/7, con capacidad de reacción inmediata y articulación real entre Inteligencia, Fiscalía y autoridades de movilidad. La investigación exhaustiva de vehículos que ingresan de manera irregular a las plataformas es una medida urgente para cerrar brechas operativas.
La seguridad seguirá siendo condición esencial para el desarrollo de cualquier ciudad. Todos somos vulnerables ante la delincuencia que hoy golpea a Bogotá, pero la respuesta institucional debe ser más estratégica, más preventiva y más contundente. Recuperar la confianza implica resultados visibles, control efectivo del territorio y un mensaje claro, la ciudad no puede ceder espacios al crimen. Fortalecer la inteligencia y garantizar transporte seguro no es solo una necesidad operativa, es una obligación moral con millones de ciudadanos que merecen movilizarse sin miedo.
**Esta columna, expone reflexiones personales del autor sobre temas de seguridad, defensa y convivencia; por lo tanto, las ideas aquí expuestas no representan posiciones institucionales ni comprometen a entidad alguna**
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