lunes, 22 de junio de 2026

Un Cumpleaños en el Cielo para Poncho Cotes Jr. "El Rey de Cunas"

POR: CALE COTES

Hablar de Poncho Cotes Jr. es hablar de costumbrismo, de talento natural, de melodías que nacían del alma y de esa picardía musical tan propia de los grandes juglares vallenatos. Hoy, cuando recordamos su cumpleaños número 73, es imposible no detenernos por un momento para rendir homenaje a un hombre que dejó una huella imborrable en la música vallenata y en el corazón de quienes tuvimos la fortuna de compartir con él.


Mi tío Poncho no solo fue un destacado compositor. Quienes lo conocieron saben que su mayor encanto estaba en su voz melodiosa, en esa manera única de interpretar cada canción como si estuviera contando una historia alrededor de una parranda interminable. Su canto tenía sentimiento, autenticidad y ese sabor que solo poseen los artistas genuinos.


Son muchas las anécdotas que guardo en la memoria, pero hay una que siempre me roba una sonrisa. Hace algunos años estábamos grabando un CD homenaje a mi abuelo, Poncho Cotes. Ya teníamos listas todas las pistas musicales y solo faltaba registrar las voces de los intérpretes. Llegó entonces el turno de mi tío.


Fiel a sus costumbres y convencido de sus propias fórmulas artísticas, decidió prepararse a su manera. Su teoría era sencilla, para lograr ese tono ronco y ese "dejao" parrandero que tanto caracterizaba su canto, debía tomarse unos tragos la noche anterior. Y no fueron pocos. Se metió una whiskera completa y al día siguiente llegó al estudio con el guayabo encima, pero con la voz exactamente como la quería. Grabó sus canciones y dejó plasmado para siempre ese estilo inconfundible que hoy seguimos escuchando y recordando.


Poncho era irreverente. Vivía bajo sus propias reglas. Terco, auténtico y dueño de una personalidad imposible de ignorar. Pero cuando llegaba la parranda se transformaba en un verdadero bárbaro del canto. No le gustaban las conversaciones que interrumpieran la música. Ponía una butaca en el centro, se subía en ella y comenzaba a cantar. Desde ese instante todo giraba alrededor de sus canciones, de sus historias y de su extraordinaria capacidad para conectar con la gente.


Su legado permanece vigente. Sus composiciones continúan siendo referencia obligada dentro del folclor vallenato y siguen inspirando a nuevas generaciones de artistas. Aunque nació en Manaure, fue Villanueva la tierra que lo adoptó como uno de sus hijos más queridos. Allí recibió un apodo que nadie discutía y que se ganó con méritos propios: "El Rey de Cunas". Ningún otro compositor logró superar el impacto de sus canciones en los concursos de canción inédita donde participó en el Festival vallenato Cuna de Acordeones, y ganador en 4 oportunidades, con canciones como: "El Corazón del Pueblo", "Mi viejo y Yo", "La Fea", y, ganador Rey de Reyes con el paseo, "Aquí queda el cielo".  asi como también fue ganador en el Festival de la Leyenda Vallenata en el año 2010, con el paseo "La Ultima Historia"


Hoy, aunque ya no está físicamente entre nosotros, permanece vivo en cada acorde, en cada verso y en cada recuerdo compartido. Sus canciones siguen sonando y su voz continúa viajando por las parrandas, las emisoras y la memoria colectiva de nuestro pueblo.


Feliz cumpleaños, tío Poncho. Que en el cielo también haya acordeones, y parrandas interminables para celebrar tus 73 años. Aquí, en la tierra, seguimos escuchando tus canciones, recordando tus ocurrencias y agradeciendo el inmenso legado que nos dejaste. Porque los grandes artistas nunca se van del todo. Se quedan viviendo para siempre en la música y en el corazón de su gente.

domingo, 21 de junio de 2026

Obediencia Debida y Defensa de la Democracia












**Esta columna, expone reflexiones personales del autor sobre temas de seguridad, defensa y convivencia; por lo tanto, las ideas aquí expuestas no representan posiciones institucionales ni comprometen a entidad alguna**

POR: CARLOS COTES 

Las democracias no se sostienen únicamente por la voluntad de los gobernantes ni por el resultado de las elecciones. Su verdadera fortaleza radica en el respeto a las instituciones, a la Constitución y al Estado de Derecho. Cuando estas reglas son respetadas, la alternancia en el poder ocurre de manera pacífica y legítima. Pero cuando un gobernante decide desconocerlas, surge una pregunta fundamental: ¿a quién deben obedecer las Fuerzas Militares?


Existe un concepto conocido como obediencia debida, según el cual los miembros de la Fuerza Pública deben cumplir las órdenes impartidas por sus superiores dentro de la cadena de mando. Este principio es indispensable para garantizar la disciplina, la cohesión y la eficacia operacional de las instituciones armadas. Sin embargo, la obediencia debida no puede interpretarse como una autorización para cumplir cualquier orden sin cuestionamiento alguno.


La Constitución Política establece límites claros. El artículo 217 señala que las Fuerzas Militares tienen como finalidad primordial la defensa de la soberanía, la independencia, la integridad del territorio nacional y el orden constitucional. Esta disposición tiene una enorme importancia porque deja claro que la lealtad de las Fuerzas Militares no es hacia una persona, un gobierno o un partido político, sino hacia la Constitución y la Nación.


Bajo esta perspectiva, resulta pertinente analizar un escenario hipotético en el que un presidente, una vez concluidas unas elecciones legítimas y agotados los mecanismos legales de controversia, se negara a reconocer los resultados y pretendiera mantenerse en el poder. En una situación de esta naturaleza no estaríamos frente a una disputa política ordinaria, sino ante una posible ruptura del orden constitucional.


Es precisamente en ese momento cuando cobra relevancia la diferencia entre una orden legítima y una orden manifiestamente ilegal. La obediencia debida protege el cumplimiento de órdenes legales, pero no ampara aquellas que buscan desconocer la Constitución, impedir la posesión de una autoridad legítimamente elegida o utilizar las instituciones del Estado para perpetuarse en el poder.


La experiencia internacional demuestra que las democracias sobreviven cuando las instituciones permanecen fieles a la Constitución y no a los intereses personales de quienes circunstancialmente ejercen el gobierno. Por ello, la responsabilidad de las Fuerzas Militares en una democracia moderna no consiste únicamente en defender las fronteras o enfrentar amenazas externas, sino también en preservar el orden constitucional que garantiza las libertades y derechos de los ciudadanos.


La mayor expresión de patriotismo de un militar no es la obediencia ciega, sino la fidelidad a la Constitución que juró defender. En una república democrática, los gobiernos son transitorios; la Constitución, en cambio, es permanente. Por eso, cuando surge una tensión entre la voluntad de un gobernante y el orden constitucional, la lealtad institucional debe estar siempre del lado de la ley, de la democracia y de la Nación.


viernes, 19 de junio de 2026

Ucrania y Rusia, ¿Por qué no es una Guerra Fría?

Por: Carlos Andrés Cotes 

Desde que comenzó la guerra entre Rusia y Ucrania en 2022, muchas personas han dicho que el mundo está viviendo una nueva “Guerra Fría”. Sin embargo, esta afirmación no es del todo correcta. Aunque existen algunas similitudes con el pasado, la realidad es que el conflicto actual no puede ser considerado una Guerra Fría.

Para entender la diferencia, primero hay que recordar qué fue la Guerra Fría. Después de la Segunda Guerra Mundial, Estados Unidos y la Unión Soviética se convirtieron en las dos grandes potencias del planeta. Durante más de cuarenta años compitieron por el liderazgo mundial, pero nunca se enfrentaron directamente en un campo de batalla. Su rivalidad se manifestó a través de amenazas, espionaje, propaganda, carrera armamentista y apoyo a conflictos en otros países. Por eso se llamó “fría”: porque no hubo una guerra directa entre las dos potencias.

Lo que ocurre hoy entre Rusia y Ucrania es completamente diferente. Allí sí hay una guerra real. Existen soldados combatiendo, ciudades bombardeadas, tanques en movimiento, misiles, drones y miles de muertos y heridos. Todos los días se desarrollan operaciones militares en el terreno. En otras palabras, es una guerra abierta y directa.

Entonces, ¿por qué muchas personas hablan de una nueva Guerra Fría? La razón es que detrás del conflicto aparecen intereses de otras potencias. Estados Unidos y varios países europeos apoyan a Ucrania con recursos, armamento y asistencia militar. Por su parte, Rusia ha fortalecido sus relaciones con países como China, Irán y Corea del Norte. Esto ha generado una creciente rivalidad internacional que recuerda algunos aspectos de la antigua Guerra Fría.

Sin embargo, una cosa es la competencia entre grandes potencias y otra muy distinta es el conflicto que se desarrolla en Ucrania. La guerra entre Rusia y Ucrania es una guerra caliente, porque se combate con armas y soldados en el terreno. La Guerra Fría, en cambio, fue una confrontación donde predominó la presión política, económica y militar sin que las grandes potencias llegaran a enfrentarse directamente.

Por eso, desde el punto de vista de la seguridad y las relaciones internacionales, lo más correcto es afirmar que la guerra entre Rusia y Ucrania no es una Guerra Fría. Es una guerra convencional que se libra en territorio ucraniano y que ha dejado enormes consecuencias humanas, económicas y políticas para el mundo entero.

Lo que sí podría estar ocurriendo es el surgimiento de una nueva etapa de tensión global entre las principales potencias, similar a la que existió durante el siglo pasado. Pero mientras en Ucrania continúen los bombardeos, las ofensivas militares y la lucha por el control del territorio, estaremos hablando de una guerra real y directa, no de una Guerra Fría.

La diferencia parece simple, pero es importante entenderla. La Guerra Fría se caracterizó por evitar el combate directo entre las grandes potencias. En Ucrania, por el contrario, la guerra se libra todos los días frente a los ojos del mundo. Por eso, más que una Guerra Fría, estamos presenciando uno de los conflictos armados más importantes del siglo XXI.

martes, 16 de junio de 2026

Cuando la Constitución está por encima del Poder

**Esta columna, expone reflexiones personales del autor sobre temas de seguridad, defensa y convivencia; por lo tanto, las ideas aquí expuestas no representan posiciones institucionales ni comprometen a entidad alguna**

Por: Carlos Cotes

Las elecciones son la esencia de toda democracia. A través del voto, los ciudadanos deciden quién debe gobernar y quién debe dejar el poder. Por eso, una de las preguntas más importantes que puede hacerse cualquier sociedad es: ¿qué ocurriría si un presidente se negara a reconocer el resultado de unas elecciones y quisiera quedarse en el poder a la fuerza?

Aunque parezca una situación lejana, la Constitución  previó mecanismos para proteger la democracia frente a cualquier intento de ruptura institucional. Uno de ellos está contenido en el artículo 217, una norma que define cuál es la misión de las Fuerzas Militares y cuál debe ser su papel en momentos de crisis.

Muchas personas creen que las Fuerzas Militares están al servicio del Presidente de la República. En realidad, están al servicio de la Nación y de la Constitución. El artículo 217 establece que su misión es defender la soberanía, la integridad del territorio nacional y el orden constitucional. Esto significa que su principal deber es proteger las reglas democráticas y las instituciones del Estado.

Si un presidente pierde unas elecciones y decide desconocer los resultados, impedir la posesión del mandatario elegido o utilizar el poder para permanecer ilegalmente en el cargo, ya no estaríamos frente a una simple discusión política. Estaríamos ante una amenaza contra la Constitución y contra la voluntad de millones de ciudadanos expresada en las urnas.

En un escenario de esa naturaleza, las Fuerzas Militares no tendrían la obligación de respaldar a una persona, sino de proteger el orden constitucional. Su deber sería garantizar que las instituciones funcionen normalmente, que las decisiones de las autoridades competentes sean respetadas y que la transición democrática se realice conforme a la ley.

La fortaleza de una democracia no depende únicamente de sus gobernantes. También depende de la solidez de sus instituciones. Las altas cortes, el Congreso, los organismos electorales y la Fuerza Pública tienen la responsabilidad de actuar dentro del marco constitucional para evitar que el poder se concentre en una sola persona.

La historia demuestra que las democracias más fuertes son aquellas donde las instituciones están por encima de los individuos. Los presidentes pasan, los gobiernos cambian y las ideologías se alternan, pero la Constitución permanece como la norma que garantiza la convivencia y la estabilidad del país.

Por eso, el artículo 217 tiene un valor especial. Es una garantía de que las Fuerzas Militares no existen para defender intereses políticos ni proyectos personales de poder. Existen para proteger al país, sus instituciones y su democracia. Su compromiso no es con un gobernante de turno, sino con la Constitución que juraron defender.

La gran lección es sencilla: en una democracia nadie está por encima de la Constitución. Cuando un pueblo vota, su decisión debe ser respetada. Y cuando esa decisión es amenazada, todas las instituciones del Estado, incluidas las Fuerzas Militares, tienen el deber de proteger el orden constitucional y garantizar que la voluntad de los ciudadanos prevalezca sobre cualquier intento de permanecer en el poder por fuera de la ley.

**Esta columna, expone reflexiones personales del autor sobre temas de seguridad, defensa y convivencia; por lo tanto, las ideas aquí expuestas no representan posiciones institucionales ni comprometen a entidad alguna**

sábado, 13 de junio de 2026

Fuerzas Militares y Seguridad Ciudadana, Complementariedad para un Nuevo Entorno Estratégico

POR: CARLOS COTES

Durante décadas, en Colombia se ha sostenido una clara diferenciación
entre las funciones de las Fuerzas Militares y las de la Policía Nacional. Mientras los militares tienen la misión constitucional de defender la soberanía, la independencia, la integridad territorial y el orden constitucional, la Policía es la encargada de garantizar la convivencia y la seguridad ciudadana. Esta división de responsabilidades continúa siendo válida y necesaria dentro del Estado de Derecho. Sin embargo, la evolución de las amenazas que enfrenta el país obliga a replantear algunos paradigmas institucionales.

El crimen organizado del siglo XXI ya no opera exclusivamente en zonas rurales apartadas ni se limita a estructuras armadas tradicionales. Hoy encontramos organizaciones criminales transnacionales que controlan rutas del narcotráfico, realizan minería ilegal, ejercen extorsión, trafican migrantes, lavan activos y utilizan tecnologías avanzadas para expandir sus operaciones. Estas estructuras tienen presencia simultánea en corredores fronterizos, ciudades intermedias, grandes centros urbanos y regiones estratégicas del territorio nacional.

La realidad demuestra que muchas de las amenazas que afectan diariamente a los ciudadanos tienen conexiones directas con organizaciones armadas y redes criminales de alcance internacional. Un homicidio por ajuste de cuentas, una extorsión a comerciantes, el microtráfico en barrios vulnerables o el reclutamiento de menores pueden parecer inicialmente problemas de seguridad ciudadana, pero en numerosas ocasiones responden a intereses de estructuras criminales que desafían la autoridad del Estado y comprometen la seguridad nacional.

En este contexto surge una reflexión necesaria: ¿están las Fuerzas Militares suficientemente preparadas para comprender las dinámicas de la seguridad ciudadana? La respuesta, en muchos casos, es negativa. La formación militar colombiana ha estado históricamente orientada al combate, la estrategia militar, la defensa territorial y la lucha contra amenazas armadas. Aunque estos conocimientos son esenciales, el escenario actual exige competencias complementarias relacionadas con criminología, prevención del delito, seguridad urbana, convivencia ciudadana, análisis de fenómenos criminales y gobernanza de la seguridad.

No se trata de convertir soldados en policías ni de militarizar la seguridad ciudadana. Tampoco de desconocer las competencias constitucionales de la Policía Nacional. Se trata de comprender que las amenazas híbridas requieren respuestas integrales. Un oficial o suboficial militar que conozca las dinámicas de la seguridad ciudadana estará en mejores condiciones de coordinar operaciones conjuntas, entender los factores sociales que facilitan la criminalidad y contribuir de manera más efectiva a los esfuerzos institucionales para recuperar territorios afectados por organizaciones ilegales.

Las experiencias internacionales muestran que la cooperación entre fuerzas militares y policiales es cada vez más necesaria frente a fenómenos como el terrorismo, el narcotráfico y el crimen organizado transnacional. Colombia no es la excepción. Por el contrario, su ubicación geográfica y la persistencia de economías ilícitas convierten al país en un escenario donde la articulación institucional resulta indispensable.

Las amenazas actuales ya no distinguen entre seguridad ciudadana y seguridad nacional. Por ello, las instituciones tampoco pueden permanecer aisladas en visiones tradicionales. El militar colombiano del futuro deberá seguir siendo un defensor de la soberanía, pero también un profesional capaz de comprender cómo las dinámicas de inseguridad ciudadana impactan la estabilidad del Estado. Fortalecer su formación en esta materia no debilita su misión constitucional; por el contrario, la potencia y la adapta a los desafíos complejos del siglo XXI.

El origen de mi vocación por la Seguridad y la Defensa

Por: CARLOS COTES MAYA Cuando me preguntan por qué me apasionan la seguridad ciudadana, la defensa nacional y la seguridad internacional, si...