Por: Carlos A Cotes
"La seguridad ciudadana se construye, no se improvisa": Cale
Durante décadas, América Latina ha intentado enfrentar la violencia homicida mediante fórmulas que privilegian el aumento del pie de fuerza, el endurecimiento de las penas o la militarización de determinados territorios. Sin embargo, los resultados han sido desiguales y, en muchos casos, temporales. La experiencia internacional demuestra que reducir los homicidios exige mucho más que una respuesta reactiva; requiere comprender las causas de la violencia y actuar sobre ellas con precisión, inteligencia y liderazgo institucional.
El investigador canadiense Muggah, uno de los mayores expertos mundiales en seguridad ciudadana y violencia urbana, sostiene que los homicidios no ocurren al azar. Por el contrario, se concentran en unos pocos barrios, corredores criminales, horarios específicos y grupos poblacionales claramente identificables. Esta afirmación cambia por completo la manera de diseñar la política pública. Si el problema está focalizado, la respuesta del Estado también debe estarlo.
La primera lección consiste en abandonar la lógica de dispersar recursos en toda la ciudad. No todos los sectores presentan el mismo nivel de riesgo ni todas las comunidades requieren idénticas intervenciones. La evidencia demuestra que la georreferenciación del delito, el análisis criminal y el uso de inteligencia permiten concentrar capacidades donde realmente se generan los homicidios. Como afirma Muggah, una política basada en evidencia siempre será más efectiva que una sustentada únicamente en percepciones o presiones coyunturales.
Pero la inteligencia policial, por sí sola, tampoco es suficiente. Los homicidios suelen estar asociados a mercados ilegales, economías criminales, disputas territoriales, exclusión social, deserción escolar, desempleo juvenil y fácil acceso a armas de fuego. En consecuencia, la reducción sostenible de la violencia requiere una acción coordinada entre entidades territoriales, Policía, Fiscalía, sector educativo, salud, y comunidades organizadas, entre otras. La seguridad ciudadana dejó de ser un asunto exclusivo de la Fuerza Pública para convertirse en una responsabilidad compartida de todo el Estado.
Otro de los aportes fundamentales de Muggah es la necesidad de intervenir sobre la población con mayor nivel de riesgo. En la mayoría de las ciudades latinoamericanas, tanto las víctimas como los victimarios son hombres jóvenes que habitan sectores vulnerables y encuentran en las economías ilegales una alternativa de supervivencia. Romper ese ciclo implica ofrecer oportunidades reales de educación, empleo, formación técnica, deporte y cultura antes de que la violencia se convierta en un proyecto de vida.
Igualmente importante resulta recuperar el espacio público. Calles iluminadas, parques, escenarios deportivos, bibliotecas y sistemas de transporte dignos no solo mejoran la calidad de vida, sino que fortalecen el control social y reducen las oportunidades para la criminalidad. Las transformaciones urbanas observadas en ciudades como Medellín evidencian que el urbanismo también puede convertirse en una poderosa política de seguridad.
Colombia enfrenta hoy desafíos complejos derivados del crimen organizado, el narcotráfico, las rentas ilegales y las nuevas expresiones de violencia urbana. Frente a este panorama, insistir exclusivamente en estrategias represivas sería desconocer las lecciones que ofrece la evidencia internacional. Como ha señalado Robert Muggah, las ciudades que logran disminuir de manera sostenida sus homicidios son aquellas que combinan prevención social, inteligencia policial, justicia efectiva, recuperación del territorio y evaluación permanente de resultados.
Reducir los homicidios no es una meta imposible. Es una decisión política que exige continuidad, liderazgo y capacidad técnica. Cada vida salvada representa una familia preservada, una comunidad fortalecida y un Estado que demuestra su verdadera capacidad para proteger a sus ciudadanos. La seguridad del siglo XXI ya no se mide únicamente por el número de capturas o de policías en las calles, sino por la capacidad de prevenir que una persona sea asesinada. Allí radica el verdadero éxito de una política pública moderna y, sobre todo, profundamente humana.
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