miércoles, 30 de septiembre de 2026

Gobernanza criminal en cárceles, cuando las rejas no detienen el delito

                                                                       Por: Carlos Andrés Cotes Maya


Una cárcel debe representar la materialización de la justicia y la autoridad legítima del Estado. Sin embargo, cuando una organización criminal conserva la capacidad de impartir órdenes, administrar economías ilegales, intimidar ciudadanos y coordinar actividades delictivas desde un establecimiento penitenciario, estamos ante una realidad que trasciende el problema carcelario, estamos frente a una manifestación de gobernanza criminal.


Este fenómeno merece una discusión de fondo. No se trata únicamente de personas privadas de la libertad que continúan delinquiendo, sino de estructuras que han desarrollado mecanismos de autoridad paralela, capaces de mantener relaciones de subordinación, imponer reglas y proyectar su influencia sobre territorios y comunidades.


Desde las cárceles pueden conservarse vínculos con redes externas dedicadas a la extorsión, el homicidio, el secuestro, el tráfico de estupefacientes, las amenazas, el concierto para delinquir y otras economías ilegales. En determinados escenarios, el establecimiento penitenciario deja de ser exclusivamente un lugar de reclusión y se convierte en un nodo de articulación criminal.


Uno de los instrumentos que facilita esta continuidad delictiva es el uso ilegal de teléfonos celulares. Lo que para cualquier ciudadano representa un medio ordinario de comunicación, para una estructura criminal puede constituir un mecanismo de coordinación, intimidación y continuidad de sus actividades ilícitas. Por ello, el ingreso de dispositivos, tarjetas SIM, estupefacientes y otros elementos prohibidos no puede entenderse como una simple infracción disciplinaria, puede comprometer directamente la seguridad ciudadana.


Pero existe una dimensión todavía más preocupante: las amenazas contra los funcionarios encargados de la custodia y sus familias. Se han conocido denuncias sobre personas cercanas a internos peligrosos que intimidan a los guardianes, amenazando con atentar contra sus hijos, parejas o familiares si no permiten el ingreso de elementos prohibidos.


Esta modalidad de presión constituye una forma de coerción criminal extramural. El objetivo no es solamente vulnerar un procedimiento de seguridad, sino someter la voluntad de un servidor público mediante el miedo. Cuando una organización criminal pretende convertir la protección de la familia de un funcionario en un instrumento de negociación, está atacando directamente la autoridad institucional.


En este escenario, los traslados de internos considerados de alta peligrosidad hacia establecimientos penitenciarios de otras regiones del país representan una intervención sobre las relaciones de poder y las redes de influencia criminal. El propósito estratégico es interrumpir vínculos territoriales, reducir la capacidad de dirección de determinados cabecillas y dificultar la continuidad de sus actividades delictivas.


A esta medida se suma la implementación de sistemas de inhibición de señal celular. Su importancia radica en restringir las comunicaciones no autorizadas que pueden facilitar extorsiones y otras conductas criminales. Sin embargo, la tecnología debe aplicarse con precisión, el bloqueo no puede afectar las comunicaciones legítimas de los barrios y comunidades que rodean los establecimientos. 


No obstante, sería equivocado pensar que trasladar cabecillas e instalar inhibidores resuelve por sí solo el problema. La gobernanza criminal no depende exclusivamente de un teléfono o de la presencia física de un líder. También se sostiene mediante redes externas, economías ilegales, mecanismos de intimidación, corrupción y estructuras de subordinación.


La respuesta debe ser integral, inteligencia criminal, investigación patrimonial, judicialización de las redes externas, controles contra la corrupción, protección de funcionarios amenazados y coordinación efectiva entre las autoridades judiciales, policiales y de seguridad. Igualmente, es necesario evaluar si las estructuras criminales pierden realmente su capacidad de actuación después de cada intervención.


La resocialización y el respeto por los derechos fundamentales deben mantenerse como obligaciones del Estado. Pero garantizar derechos no significa tolerar que se utilicen las condiciones de reclusión para continuar afectando la vida, la libertad y el patrimonio de los ciudadanos.


El éxito de una política de seguridad penitenciaria no debe medirse únicamente por el número de traslados, celulares incautados o dispositivos tecnológicos instalados. Debe medirse por la reducción efectiva de las extorsiones, las amenazas, la continuidad de las redes delictivas y la recuperación de la autoridad legítima dentro de los establecimientos.


Se necesita comprender que la seguridad no termina en los muros de una prisión. Allí también se libra una disputa por el control, la legalidad y la autoridad del Estado.


Una cárcel no puede ser una oficina de operaciones del crimen organizado. Cuando un delincuente logra gobernar desde una celda, no solamente desafía al sistema de justicia, desafía la capacidad del Estado para proteger a sus ciudadanos.

 

domingo, 27 de septiembre de 2026

Manejo de masas, una estrategia de las estructuras criminales


POR: CARLOS COTES


En la evolución del conflicto armado colombiano, los Grupos Armados Organizados (GAO) han comprendido que el control de un territorio no depende exclusivamente de su capacidad militar. La influencia sobre la población constituye un factor determinante para consolidar su presencia, obtener legitimidad, limitar la acción del Estado y fortalecer sus estructuras. En este contexto, las denominadas actividades de manejo de masas representan una estrategia orientada a incidir en el comportamiento colectivo mediante mecanismos políticos, sociales, comunicacionales y de propaganda.


Actualmente, estas actividades son desarrolladas principalmente por simpatizantes urbanos de los GAO, grupos  encargados de ejecutar acciones de influencia en los centros poblados. Su función consiste en establecer redes de apoyo, recopilar información, desarrollar campañas de propaganda, identificar líderes sociales y aprovechar escenarios de inconformidad ciudadana para promover narrativas afines a sus intereses estratégicos. Estas estructuras buscan generar un ambiente favorable para la organización, debilitando la confianza en las instituciones y fortaleciendo su capacidad de incidencia en la opinión pública.


Entre las modalidades más recurrentes se encuentran la difusión de propaganda física y digital, la convocatoria o el intento de influencia en movilizaciones sociales, el acercamiento a organizaciones comunitarias, estudiantiles, sindicales o campesinas, así como el desarrollo de acciones de carácter político-organizativo dirigidas a ampliar su base social. De igual manera, las actividades de manejo de masas pueden ser utilizadas por las células urbanas de los Grupos Armados Organizados para facilitar la planeación, preparación y ejecución de atentados y otras acciones terroristas, mediante labores de inteligencia sobre posibles objetivos, identificación de vulnerabilidades, obtención de apoyo logístico, ocultamiento de integrantes y generación de escenarios que distraigan o dificulten la capacidad de reacción de las autoridades.


No obstante, resulta indispensable precisar que la existencia de una protesta o manifestación ciudadana no constituye, por sí misma, evidencia de la participación de un Grupo Armado Organizado. La protesta pacífica es un derecho fundamental garantizado por la Constitución Política de Colombia y hace parte de los mecanismos democráticos de participación ciudadana. Cualquier afirmación sobre infiltración o instrumentalización por parte de estructuras ilegales debe sustentarse en información de inteligencia debidamente corroborada, investigaciones judiciales o evidencia objetiva y verificable.


Desde la perspectiva de la seguridad y la defensa, el principal desafío consiste en identificar oportunamente las acciones de las células urbanas de los GAO sin afectar el ejercicio legítimo de los derechos ciudadanos. Ello exige fortalecer las capacidades de inteligencia, contrainteligencia e investigación criminal, así como la coordinación entre las autoridades civiles, la Fuerza Pública y los organismos de seguridad.


Comprender el manejo de masas como una herramienta estratégica de los Grupos Armados Organizados permite diseñar respuestas integrales que no se limiten al componente operativo. La presencia institucional, la comunicación estratégica, la prevención, el fortalecimiento del tejido social y la confianza ciudadana son factores esenciales para reducir los espacios de influencia de estas organizaciones y preservar la gobernabilidad democrática en los territorios.

domingo, 20 de septiembre de 2026

EL ICEBERG DE LA CRIMINALIDAD, LO QUE VEMOS ES SOLO LA PUNTA

                                                                    Por: Carlos Andrés Cotes Maya, Experto y Especialista en Política de Defensa y Seguridad Internacional

Cuando se habla de criminalidad, la atención pública suele concentrarse en aquello que aparece en las estadísticas y en los titulares: homicidios, secuestros, extorsiones, atentados, capturas, enfrentamientos y otros hechos que pueden ser registrados y contabilizados. Sin embargo, detrás de cada cifra puede existir una realidad mucho más amplia. Para comprenderla resulta útil recurrir a una imagen: el iceberg de la criminalidad..

Un iceberg muestra apenas una pequeña parte sobre la superficie, mientras la mayor parte permanece sumergida. Algo similar ocurre con el crimen organizado y las estructuras armadas. La punta representa los hechos criminales visibles; debajo se encuentra una compleja red de personas, recursos, relaciones, economías ilegales, capacidades logísticas y mecanismos de control que permiten que esos delitos ocurran, se financien y se reproduzcan.

En la superficie están los delitos que podemos contar. Podemos saber cuántos homicidios, extorsiones, atentados o capturas se registraron. Son indicadores indispensables para medir la seguridad y orientar decisiones. Pero las cifras visibles no siempre revelan la dimensión real de la amenaza. Un homicidio puede ser un dato estadístico y, al mismo tiempo, la expresión final de una estructura que lleva meses construyendo capacidades en un territorio.

Por debajo de esa superficie aparece el verdadero entramado. Allí están las organizaciones de masas, redes de apoyo, colaboradores, informantes y facilitadores. Esto no significa que toda persona de un entorno social sea delincuente. El análisis debe diferenciar a la población civil de quienes cumplen funciones dentro de una organización, mediante inteligencia, investigación y evidencia.

También se encuentra la estructura logística. Ninguna organización criminal funciona únicamente con hombres armados. Necesita movilidad, abastecimiento, comunicaciones, alojamiento, transporte, ocultamiento y recursos económicos. La logística es el sistema circulatorio de la criminalidad. Si permanece intacta, una organización puede reemplazar integrantes, mantener operaciones y adaptarse después de golpes contra sus componentes visibles.

Otro componente especialmente grave es el reclutamiento y utilización de niños, niñas y adolescentes. Un menor puede ser empleado para vigilancia, mensajería, transporte, inteligencia, apoyo logístico o actividades violentas. Por eso, enfrentar el reclutamiento exige proteger al menor, pero también identificar y desarticular las redes que lo captan, instrumentalizan y sustituyen.

Más abajo aparece la economía criminal. Detrás de muchas estructuras existen ingresos provenientes de extorsiones, narcotráfico, contrabando, minería ilegal, tráfico de mercancías, lavado de activos y otras rentas ilícitas. Esta economía permite comprar recursos, pagar colaboradores, movilizar integrantes, sostener redes logísticas y financiar nuevas actividades. Por eso, afectar solamente al ejecutor material puede producir un resultado inmediato, pero no necesariamente altera la capacidad de la organización.

Existe otra dimensión: el control territorial y social. Una organización no necesita ejercer violencia todos los días para controlar un territorio. Puede imponer restricciones, establecer horarios, vigilar comunidades, amenazar comerciantes, controlar corredores, regular actividades económicas o decidir quién puede movilizarse. Cuando esto ocurre, el problema deja de ser únicamente delincuencia y adquiere características de control territorial criminal.

Esta mirada obliga a cambiar la pregunta. No basta con preguntar cuántos homicidios ocurrieron o cuántas capturas se realizaron. Hay que preguntar qué estructura produce esos homicidios, cómo se financia, quién la abastece, qué corredores utiliza, cómo mueve sus recursos, quién lava sus ganancias, cómo recluta, qué mercados controla y qué redes le permiten sobrevivir. La seguridad efectiva comienza cuando el Estado deja de perseguir solamente los efectos e interviene las capacidades que los producen.

Por eso, la respuesta debe ser integral. La inteligencia debe identificar estructuras, relaciones y patrones. La investigación criminal debe seguir el dinero y establecer responsabilidades. Las autoridades deben recuperar corredores estratégicos y fortalecer el control territorial. La protección de niños, niñas y adolescentes debe impedir que sean convertidos en instrumentos de las organizaciones. La acción institucional debe llegar a los territorios donde la criminalidad intenta llenar vacíos, imponer reglas o construir legitimidad.

Una estructura puede reducir temporalmente sus acciones, cambiar de modalidad o sustituir integrantes sin perder sus capacidades esenciales. Los verdaderos resultados deben observarse también en la pérdida de corredores, fuentes de financiación, redes logísticas, capacidad de reclutamiento, control territorial y posibilidad de reorganización.

El iceberg de la criminalidad nos recuerda que la violencia visible es solamente una parte del fenómeno. La punta puede contarse; lo sumergido debe descubrirse mediante inteligencia e investigación. Allí se encuentra buena parte de la capacidad que permite que el delito se reproduzca.

Combatir la criminalidad no significa únicamente responder al homicidio, al atentado o a la extorsión cuando ya ocurrieron. Significa intervenir la estructura que los hace posibles. Si se golpea solamente la punta, el iceberg permanece. Si se afecta su base financiera, logística, territorial, social y de reclutamiento, se empieza a reducir su capacidad de reproducción.

La seguridad moderna exige mirar debajo de la superficie. Cada delito visible debe conducir a nuevas preguntas sobre la estructura que existe detrás. Porque detrás de una cifra puede haber una organización; detrás de una organización puede existir una economía; y detrás de esa economía puede encontrarse un sistema de control territorial. El verdadero desafío no es solamente contar el crimen, sino comprenderlo, anticiparlo y desarticular las condiciones que permiten su permanencia.

domingo, 13 de septiembre de 2026

Cuando se asfixian las economías ilegales, se debilitan los grupos armados

                                                          

                                                                   Por: Carlos Andrés Cotes Maya, Experto y Especialista en Política de Defensa y Seguridad Internacional


Las economías ilegales son mucho más que una fuente de dinero para los grupos armados. Son el combustible que permite sostener su estructura militar, comprar armas y municiones, pagar a sus integrantes, movilizar hombres, corromper funcionarios, financiar redes logísticas y, sobre todo, ampliar y mantener el control territorial. Por eso, enfrentar estas rentas debe ser una prioridad dentro de cualquier estrategia seria de seguridad y defensa.


Cuando el Estado logra afectar de manera sostenida las economías ilícitas, el narcotráfico, la minería ilegal, la extorsión, el contrabando, el tráfico de combustible, el secuestro y otras actividades criminales, el impacto no necesariamente se observa de inmediato en las estadísticas de violencia. Pero comienza a producirse una transformación silenciosa dentro de las organizaciones armadas: el dinero empieza a escasear.


Y cuando falta dinero, todo se complica.


Un grupo armado necesita recursos permanentes para mantener una estructura que funciona casi como una organización empresarial criminal. Hay que pagar a quienes combaten, garantizar alimentación, transporte, comunicaciones, inteligencia, logística y armamento. También se requieren recursos para reclutar nuevos integrantes y establecer redes de apoyo en los territorios.


La reducción de las rentas ilegales puede generar entonces un efecto estratégico: disminuye la capacidad de las organizaciones para sostener su aparato armado. Si no pueden pagar la “nómina” de sus combatientes, aumenta el riesgo de deserciones, disputas internas y pérdida de cohesión. Si no pueden comprar armas y municiones, su capacidad ofensiva disminuye. Y si los ingresos ya no alcanzan para financiar nuevos hombres, vehículos, comunicaciones o logística, se limita su posibilidad de expandirse hacia nuevos territorios.


Pero existe una advertencia fundamental: asfixiar una economía ilegal no significa que el grupo armado desaparecerá automáticamente. Los actores criminales son adaptativos. Cuando una renta comienza a disminuir, buscarán otra. Pueden migrar hacia la extorsión, el secuestro, la minería ilegal, el contrabando, el tráfico de combustible, el hurto de mercancías o cualquier otra actividad que les permita recuperar flujo de caja.


Por eso, la lucha contra las economías ilegales debe ser integral. No basta con capturar integrantes o realizar operaciones militares y policiales aisladas. Hay que identificar quién controla la renta, quién la administra, quién lava el dinero, qué rutas utiliza, qué bienes adquiere y qué redes de corrupción permiten que el negocio continúe.


La verdadera disputa por la seguridad también es una disputa por las finanzas criminales. Un grupo armado sin territorio, sin hombres y sin armas es una amenaza diferente a una organización con recursos suficientes para financiar una guerra prolongada.


Asfixiar sus economías no es simplemente quitarles dinero. Es reducir su capacidad para ejercer violencia, controlar poblaciones y disputar territorios. Y allí está una de las claves de una política de seguridad eficaz: golpear simultáneamente la capacidad armada y el músculo financiero de las organizaciones criminales, mientras el Estado ocupa con institucionalidad los espacios que estas dejan vacíos.

jueves, 10 de septiembre de 2026

Carlos Andrés Cotes Maya | Cale |Trayectoria profesional en Seguridad, Defensa y Administración Pública

Carlos Andrés Cotes Maya, nacido en Valledupar, Cesar,  es un profesional colombiano con una trayectoria de más de dos décadas vinculada a la administración pública, la seguridad ciudadana, la defensa, el liderazgo nacional, territorial y la representación política.

Administrador Financiero y de Sistemas, especialista en Gerencia Pública y en Política de Defensa y Seguridad Internacional de la Universidad Externado de Colombia, ha construido un perfil profesional que integra la gestión pública con el conocimiento especializado en seguridad y defensa. Actualmente adelanta estudios de Ciberseguridad y formación ejecutiva internacional en seguridad y combate contra el crimen organizado transnacional.

Su trayectoria se ha caracterizado por asumir responsabilidades en escenarios donde convergen la gestión institucional, la seguridad ciudadana, defensa nacional, el orden público y la coordinación interinstitucional, desarrollando una visión integral sobre los desafíos que enfrenta el Estado en materia de protección de las comunidades y preservación de la seguridad.

Una trayectoria al servicio de lo público

Cotes Maya ha desempeñado diferentes responsabilidades en el sector público. Fue concejal de Valledupar, ejerció la Presidencia del Concejo Municipal de Valledupar durante 2013 y posteriormente ocupó la Vicepresidencia de la corporación. También se desempeñó como secretario de Gobierno del Departamento del Cesar y como líder financiero del Ministerio de Tecnologías de la Información y las Comunicaciones (MinTIC) en el 2021.

En su experiencia territorial ha estado vinculado a procesos de fortalecimiento institucional, seguridad ciudadana, convivencia y gestión pública, participando en escenarios de coordinación con autoridades civiles, Policía Nacional, Fuerzas Militares, organismos de inteligencia y entidades de la administración de justicia.

Se ha desempeñado como asesor en seguridad ciudadana de la Gobernación del Cesar, desde donde participa en la formulación, articulación y seguimiento de estrategias dirigidas al fortalecimiento de la seguridad, la convivencia y la capacidad institucional de respuesta frente a las amenazas que afectan al departamento.

Seguridad y defensa: una especialización construida desde la experiencia.

Uno de los principales componentes de su trayectoria es su formación y experiencia en seguridad y defensa.

Es Teniente Coronel Profesional Oficial de Reserva del Ejército Nacional de Colombia. En 2021 ejerció como comandante del Batallón de Apoyo y Servicios para el Combate N.º 10 “Cacique Upar”, experiencia que fortaleció su conocimiento de la organización, planeación y conducción institucional en el ámbito militar.

Su formación incluye cursos y programas relacionados con inteligencia táctica militar, Operaciones Psicológicas (OPSIC), gestión del riesgo de desastres, sistemas de videovigilancia CCTV, manejo de crisis y seguridad, entre otras áreas.

Esta combinación entre experiencia civil, administración pública y formación militar le ha permitido desarrollar una perspectiva multidimensional de la seguridad, entendida no solamente desde la respuesta operacional, sino también desde la prevención, la inteligencia, la tecnología, la articulación institucional y la participación comunitaria.

Formación internacional: Israel y Brasil

Su formación profesional también ha tenido una importante dimensión internacional.

En Israel, durante 2023, fue beneficiario de una beca otorgada por el Gobierno de Israel para participar en programas de formación relacionados con proyectos municipales de seguridad ciudadana en Beit Berl College–Histadrut, en Kfar Saba, así como en Tel-Hai College, en Kiryat Shmona.

Durante esta experiencia estudió modelos relacionados con seguridad ciudadana, fortalecimiento comunitario en períodos de crisis y voluntariado comunitario, conociendo de primera mano experiencias israelíes de participación ciudadana, resiliencia y construcción de capacidades locales frente a situaciones de emergencia.

En Brasil realizó formación en Circuito Cerrado de Televisión (CCTV), incorporando conocimientos sobre el empleo de tecnologías de videovigilancia como herramientas de prevención, disuasión y apoyo a la seguridad ciudadana.

Estas experiencias internacionales han contribuido a ampliar su perspectiva sobre los modelos contemporáneos de seguridad y las nuevas herramientas para enfrentar amenazas complejas.

Formación académica permanente

Su trayectoria se encuentra acompañada por un proceso permanente de actualización académica.

Es especialista en Gerencia Pública, y en Política de Defensa y Seguridad Internacional por la Universidad Externado de Colombia. Ha realizado además diplomados y cursos especializados en seguridad, gestión del riesgo de desastres, liderazgo institucional, inteligencia y defensa.

A esta formación se suma su participación en el Programa Ejecutivo Internacional en Seguridad y Combate contra el Crimen Organizado Transnacional, orientado al análisis de las nuevas amenazas y dinámicas del crimen organizado.

Actualmente adelanta especialización en Ciberseguridad, incorporando a su perfil profesional una dimensión fundamental frente a las amenazas emergentes en el entorno digital.

Reconocimientos a su trayectoria

Por su servicio institucional y su aporte a la seguridad y la convivencia ciudadana, ha recibido diferentes reconocimientos y condecoraciones, entre ellos la Medalla Militar “Fe en la Causa”, la Medalla Santa Bárbara, la Medalla al Mérito de la Reserva del Ejército Nacional, el Mérito Ciudadano de la Policía Nacional y una distinción especial otorgada por Migración Colombia.

Estos reconocimientos hacen parte de una trayectoria marcada por el servicio, el liderazgo y la cooperación permanente con las instituciones responsables de la seguridad y la defensa.

Liderazgo político y territorial

Su experiencia también se ha desarrollado en el ámbito de la representación política y el liderazgo territorial.

Como concejal de Valledupar(2012-2015), participó activamente en los debates y decisiones relacionadas con el desarrollo del municipio y ejerció la Presidencia del Concejo Municipal durante 2013. Posteriormente continuó vinculado a los asuntos públicos desde diferentes responsabilidades administrativas y políticas.

Su trayectoria política se ha caracterizado por una especial atención a temas como seguridad, desarrollo territorial, fortalecimiento institucional, convivencia ciudadana y capacidad de gestión pública.

Analista y escritor

Además de su actividad institucional, Cotes Maya desarrolla una labor permanente de análisis, investigación y opinión sobre asuntos de seguridad ciudadana, seguridad nacional e internacional, defensa, geopolítica, crimen organizado, asuntos regionales y cultura.

Es autor del libro El Mundo en tus Manos y mantiene una actividad como escritor y analista a través de su blog Calecotes, desde donde aborda diferentes fenómenos de interés nacional y regional.

Su actividad de opinión también se extiende a las redes sociales, donde participa en el debate público sobre asuntos relacionados con seguridad, política, administración pública y realidad nacional.

Música, deporte y raíces vallenatas

Más allá de su actividad profesional, Carlos Andrés Cotes Maya conserva una estrecha relación con la cultura y las tradiciones de su tierra.

Desde temprana edad desarrolló su pasión por la música. Aprendió a interpretar violín y guitarra y ha cultivado el canto vallenato, manteniendo una conexión permanente con una de las expresiones culturales más representativas del Cesar.

En el ámbito deportivo, durante su juventud integró la selección juvenil de fútbol del Cesar, experiencia que fortaleció valores que posteriormente han acompañado su trayectoria profesional: disciplina, liderazgo, trabajo en equipo y capacidad de competir por objetivos comunes.

Una visión integral de la seguridad

La experiencia acumulada en los ámbitos político, administrativo, militar, académico e internacional le ha permitido construir una visión integral de la seguridad.

Para Cotes Maya, los desafíos contemporáneos requieren superar las respuestas aisladas y avanzar hacia modelos basados en la inteligencia, la prevención, la tecnología, la coordinación interinstitucional, la participación ciudadana y el fortalecimiento de las capacidades del Estado.

Su trayectoria representa la convergencia entre servicio público, seguridad, defensa, liderazgo territorial y formación permanente, con una especial dedicación a los desafíos que enfrenta el Cesar y Colombia.

Una filosofía de vida

Su recorrido personal y profesional está acompañado por una convicción sobre el valor de la unidad, el trabajo colectivo y la construcción de objetivos comunes:

“Cuando los hermanos trabajan juntos, las montañas se convierten en oro.”

Esta frase resume una filosofía basada en la unidad, el trabajo en equipo, la vocación de servicio y la convicción de que los grandes desafíos solamente pueden ser superados cuando las instituciones y las comunidades trabajan juntas.

lunes, 7 de septiembre de 2026

Menos homicidios, más inteligencia, la verdadera ruta hacia ciudades seguras

                                                                   Por: Carlos Andrés Cotes Maya, Experto y Especialista en Política de Defensa y Seguridad Internacional


"La seguridad ciudadana se construye, no se improvisa": Cale

Durante décadas, América Latina ha intentado enfrentar la violencia homicida mediante fórmulas que privilegian el aumento del pie de fuerza, el endurecimiento de las penas o la militarización de determinados territorios. Sin embargo, los resultados han sido desiguales y, en muchos casos, temporales. La experiencia internacional demuestra que reducir los homicidios exige mucho más que una respuesta reactiva; requiere comprender las causas de la violencia y actuar sobre ellas con precisión, inteligencia y liderazgo institucional.

El investigador canadiense Muggah, uno de los mayores expertos mundiales en seguridad ciudadana y violencia urbana, sostiene que los homicidios no ocurren al azar. Por el contrario, se concentran en unos pocos barrios, corredores criminales, horarios específicos y grupos poblacionales claramente identificables. Esta afirmación cambia por completo la manera de diseñar la política pública. Si el problema está focalizado, la respuesta del Estado también debe estarlo.

La primera lección consiste en abandonar la lógica de dispersar recursos en toda la ciudad. No todos los sectores presentan el mismo nivel de riesgo ni todas las comunidades requieren idénticas intervenciones. La evidencia demuestra que la georreferenciación del delito, el análisis criminal y el uso de inteligencia permiten concentrar capacidades donde realmente se generan los homicidios. Como afirma Muggah, una política basada en evidencia siempre será más efectiva que una sustentada únicamente en percepciones o presiones coyunturales.

Pero la inteligencia policial, por sí sola, tampoco es suficiente. Los homicidios suelen estar asociados a mercados ilegales, economías criminales, disputas territoriales, exclusión social, deserción escolar, desempleo juvenil y fácil acceso a armas de fuego. En consecuencia, la reducción sostenible de la violencia requiere una acción coordinada entre entidades territoriales, Policía, Fiscalía, sector educativo, salud, y comunidades organizadas, entre otras. La seguridad ciudadana dejó de ser un asunto exclusivo de la Fuerza Pública para convertirse en una responsabilidad compartida de todo el Estado.

Otro de los aportes fundamentales de Muggah es la necesidad de intervenir sobre la población con mayor nivel de riesgo. En la mayoría de las ciudades latinoamericanas, tanto las víctimas como los victimarios son hombres jóvenes que habitan sectores vulnerables y encuentran en las economías ilegales una alternativa de supervivencia. Romper ese ciclo implica ofrecer oportunidades reales de educación, empleo, formación técnica, deporte y cultura antes de que la violencia se convierta en un proyecto de vida.

Igualmente importante resulta recuperar el espacio público. Calles iluminadas, parques, escenarios deportivos, bibliotecas y sistemas de transporte dignos no solo mejoran la calidad de vida, sino que fortalecen el control social y reducen las oportunidades para la criminalidad. Las transformaciones urbanas observadas en ciudades como Medellín evidencian que el urbanismo también puede convertirse en una poderosa política de seguridad.

Colombia enfrenta hoy desafíos complejos derivados del crimen organizado, el narcotráfico, las rentas ilegales y las nuevas expresiones de violencia urbana. Frente a este panorama, insistir exclusivamente en estrategias represivas sería desconocer las lecciones que ofrece la evidencia internacional. Como ha señalado Robert Muggah, las ciudades que logran disminuir de manera sostenida sus homicidios son aquellas que combinan prevención social, inteligencia policial, justicia efectiva, recuperación del territorio y evaluación permanente de resultados.

Reducir los homicidios no es una meta imposible. Es una decisión política que exige continuidad, liderazgo y capacidad técnica. Cada vida salvada representa una familia preservada, una comunidad fortalecida y un Estado que demuestra su verdadera capacidad para proteger a sus ciudadanos. La seguridad del siglo XXI ya no se mide únicamente por el número de capturas o de policías en las calles, sino por la capacidad de prevenir que una persona sea asesinada. Allí radica el verdadero éxito de una política pública moderna y, sobre todo, profundamente humana.

jueves, 3 de septiembre de 2026

La victimización como factor de deterioro de la percepción de seguridad ciudadana

                                                                   Por: Carlos Andrés Cotes Maya, Experto y Especialista en Política de Defensa y Seguridad Internacional

Hablar de seguridad ciudadana exige ir más allá de las cifras oficiales. Un territorio puede registrar determinados niveles de criminalidad, pero la percepción de inseguridad de sus habitantes puede ser considerablemente mayor. En ese punto aparece un factor determinante: la victimización.

Ser víctima de un delito transforma la manera en que una persona interpreta su entorno. Antes del hecho, el riesgo puede parecer una posibilidad distante; después de sufrirlo, se convierte en una experiencia concreta. Un hurto, una amenaza, una extorsión o cualquier otra conducta criminal no termina necesariamente cuando finaliza el hecho. Sus efectos pueden permanecer durante meses y modificar rutinas, horarios, desplazamientos y relaciones con el espacio público.

La victimización genera vulnerabilidad. El ciudadano comienza a preguntarse si puede volver a ser víctima y, especialmente, si las instituciones tendrán capacidad para protegerlo. Cuando esta sensación se repite en una comunidad, el problema deja de ser individual y adquiere una dimensión colectiva.

Existe además un efecto multiplicador. Las víctimas cuentan lo sucedido a familiares, vecinos, compañeros de trabajo y comunidades digitales. De esta manera, un hecho criminal puede producir múltiples percepciones de riesgo. La experiencia de una víctima puede convertirse rápidamente en el temor de muchas personas. Las redes sociales y los sistemas de mensajería aceleran todavía más este proceso.

La situación se vuelve particularmente compleja cuando existe victimización repetida. Un comerciante que ha sido víctima varias veces, una comunidad sometida a amenazas o un sector donde los hurtos son recurrentes pueden desarrollar la percepción de que el delito está fuera de control. En ese momento aparece un elemento crítico para la seguridad pública: la pérdida de confianza institucional.

Cuando el ciudadano considera que denunciar no produce resultados, que la respuesta llega tarde o que el delincuente actúa con impunidad, puede optar por no acudir a las autoridades. Así aumenta la llamada cifra negra: delitos que ocurren pero no quedan registrados. Se genera entonces un círculo negativo: victimización, desconfianza, menor denuncia, menor información y mayores dificultades para diagnosticar correctamente el fenómeno criminal.

Por eso, reducir la percepción de inseguridad no significa simplemente comunicar que los delitos disminuyeron. La ciudadanía necesita experimentar resultados. Necesita recuperar el espacio público, observar presencia institucional, recibir respuestas oportunas y comprobar que existen capacidades reales de prevención, reacción, investigación y sanción.

La seguridad objetiva y la seguridad percibida están relacionadas, pero no son exactamente lo mismo. Una administración puede mejorar determinados indicadores criminales y, aun así, enfrentar una ciudadanía que continúa sintiéndose insegura. Ignorar esa brecha sería un error estratégico.

La política de seguridad debe medir no solamente cuántos delitos ocurren, sino también cuántas personas son victimizadas, cuántas denuncian, cuáles son sus niveles de temor, qué espacios han dejado de utilizar y cuánto confían en las instituciones.

En definitiva, el desafío consiste en romper el ciclo que convierte el delito en miedo, el miedo en desconfianza y la desconfianza en pérdida de legitimidad institucional. La seguridad ciudadana no se construye únicamente reduciendo el delito; también se construye recuperando la confianza del ciudadano.

Porque cuando una persona deja de sentirse segura, no solamente cambia su percepción: cambia su comportamiento, limita su libertad y modifica su relación con el territorio. Y cuando ese sentimiento se extiende a toda una comunidad, deja de ser una percepción individual para convertirse en un verdadero problema de percepción de inseguridad.

martes, 1 de septiembre de 2026

Geocriminalidad, el mapa del delito en el territorio

                                                                   Por:Carlos Andrés Cotes Maya, Experto y Especialista en Política de Defensa y Seguridad Internacional


La seguridad ciudadana ha dejado de ser un fenómeno exclusivamente reactivo para convertirse en un campo de análisis estratégico donde el territorio adquiere un papel determinante. En este contexto, la geocriminalidad emerge como una herramienta clave para comprender cómo, dónde y por qué se concentra el delito. Ya no se trata solo de contar hechos delictivos, sino de interpretarlos en función del espacio, las dinámicas urbanas y las condiciones sociales que los rodean.

El análisis geocriminal permite identificar patrones que antes pasaban desapercibidos. Barrios con deficiencias en iluminación, zonas con alta circulación nocturna o sectores con baja presencia institucional se convierten en escenarios propicios para la ocurrencia del delito. Esta lectura territorial facilita la focalización de esfuerzos, optimizando la asignación de recursos policiales y mejorando la capacidad de prevención.

A su vez, la geocriminalidad incorpora variables temporales que enriquecen el diagnóstico. No todos los delitos ocurren en cualquier momento; existen franjas horarias críticas y días específicos donde la actividad delictiva se intensifica. Esta combinación de espacio y tiempo permite construir mapas dinámicos que orientan decisiones operativas más precisas y efectivas.

Sin embargo, el verdadero valor de este enfoque radica en su capacidad para anticiparse. La seguridad deja de ser una respuesta tardía y se convierte en una acción planificada, basada en evidencia. La intervención en puntos críticos, el rediseño del entorno urbano y el fortalecimiento institucional en áreas vulnerables son medidas que, articuladas, reducen significativamente las oportunidades del delito.

En este escenario, los observatorios del delito se consolidan como instrumentos estratégicos de primer orden. A través de la recolección, sistematización y análisis de datos, estos centros permiten comprender con mayor precisión las dinámicas de la geocriminalidad en cada territorio, identificando tendencias, patrones y factores de riesgo específicos. Su valor radica en que transforman la información en inteligencia útil para la toma de decisiones, facilitando intervenciones focalizadas y evaluables. Sin datos confiables y análisis riguroso, la comprensión del fenómeno delictivo queda limitada; en cambio, con observatorios robustos, el territorio deja de ser una incógnita y se convierte en un mapa claro para la acción efectiva en seguridad ciudadana.

Hoy, la geocriminalidad evidencia una realidad preocupante: el delito no solo se presenta, sino que se expande territorialmente siguiendo lógicas claras de oportunidad. Cuando un área es intervenida sin sostenibilidad, la actividad criminal tiende a desplazarse hacia zonas contiguas, generando nuevos focos de inseguridad. Este fenómeno obliga a entender el territorio como un sistema interconectado, donde cada decisión tiene efectos colaterales.

En consecuencia, la lucha contra el delito exige una visión integral y sostenida. No basta con intervenir puntos calientes de manera aislada; es necesario consolidar presencia institucional, mejorar las condiciones urbanas y fortalecer el tejido social. Solo así se podrá contener la expansión de la geocriminalidad y avanzar hacia entornos más seguros, donde el territorio deje de ser un facilitador del delito y se convierta en un aliado de la convivencia.

Ciberreclutamiento, la amenaza criminal que avanza desde las pantallas

Por: Carlos Cotes La delincuencia ya no necesita tocar la puerta de una casa para acercarse a sus víctimas. Hoy puede hacerlo desde un teléf...