martes, 28 de julio de 2026

El origen de mi vocación por la Seguridad y la Defensa

Por: CARLOS COTES MAYA

Cuando me preguntan por qué me apasionan la seguridad ciudadana, la defensa nacional y la seguridad internacional, siempre respondo que esa historia comenzó mucho antes de lo que muchos imaginan.

En 1985, cuando cursaba la primaria, en el colegio Parroquial El Carmelo, mi sueño era estudiar astronomía. En las noches subía al techo de la casa de mi papá con un telescopio y esperaba ver las estrellas fugaces que cruzaban el cielo de Valledupar. En esa época casi no pasaban aviones, por eso mirar el cielo era toda una aventura. Me interesaba por la curiosidad qué había más allá de nuestro planeta.

Al año siguiente ocurrió algo que no olvidaré. Los periódicos y los noticieros anunciaron que el cometa Halley volvería a pasar cerca de la Tierra. Una noche, junto a mi hermano, subimos al techo para esperar ese momento. Después de varias horas logramos verlo. Más adelante entendí que ese cometa solo pasa cada 76 años. Si Dios me da vida, espero volver a verlo en el año 2061.

Con el paso del tiempo mis intereses empezaron a cambiar. Siendo todavía un niño comencé a sentir curiosidad por los temas de seguridad. Me preguntaba por qué unos barrios eran más seguros que otros, cómo trabajaban la Policía y el Ejército para proteger a los ciudadanos y también empecé a conocer la historia y la evolución de las armas desde una perspectiva de estudio y defensa.

Esa curiosidad se convirtió en una verdadera vocación. A la edad de 25 años ingresé como Profesional Oficial de Reserva del Ejército Nacional. Han pasado más de veinte años desde entonces y hoy tengo el honor de ser Teniente Coronel de Reserva del Ejército de Colombia. Durante este camino he entendido que la mejor arma que puede tener un servidor siempre será el conocimiento.

Esa convicción me llevó a seguir preparándome diariamente. Hace algunos años obtuve una beca Mashav para estudiar seguridad ciudadana otorgada por el gobierno de Israel, en Beit Berl College, Histadrut;  una experiencia que amplió mi visión sobre la prevención del delito y la protección de las comunidades. Este año también culminé una especialización en Política de Defensa y Seguridad Internacional en la Universidad Externado de Colombia, convencido de que estudiar nunca debe tener fecha de vencimiento.

Hace poco veía un programa sobre los misterios de Roswell. Allí decían que las personas más brillantes de Estados Unidos son convocadas para trabajar en temas de seguridad nacional. Más allá de que uno crea o no en esas historias, el mensaje me dejó una reflexión: los grandes desafíos de la seguridad necesitan personas con talento, preparadas, con capacidad para analizar, investigar, innovar y tomar buenas decisiones. 

Hoy, después de tantos años, sigo disfrutando de la astronomía. Me interesa conocer las misiones de la Luna, de Marte, los avances de los robots Curiosity y Perseverance, la posibilidad de encontrar agua o vida en otros lugares del universo y los misterios que aún rodean el Área 51. La curiosidad que nació cuando era muy niño sigue viva.

Con los años comprendí que la astronomía y la seguridad tienen algo en común: ambas buscan entender lo desconocido, anticiparse a los riesgos y encontrar respuestas. Tal vez por eso mi historia comenzó muy niño y terminó dedicando gran parte de mi vida a trabajar por la Seguridad y la Defensa. Al final, tanto el universo como la seguridad nos enseñan que siempre habrá nuevos desafíos y que la mejor forma de enfrentarlos es nunca dejar de aprender.

Calé Cotes

lunes, 27 de julio de 2026

La guerra desde el cielo, ¿está Colombia preparada para detener los drones terroristas?

                                                               

Por: Carlos Cotes

Durante décadas, el conflicto armado colombiano ha obligado a las Fuerzas Militares y a la Policía Nacional a evolucionar permanentemente para enfrentar amenazas cambiantes. En diferentes momentos de la historia, el Estado debió adaptar su doctrina frente al empleo de minas antipersonal, cilindros bomba, artefactos explosivos improvisados (AEI), francotiradores, narcotráfico, terrorismo urbano y guerra de guerrillas. Sin embargo, probablemente ninguna transformación tecnológica ha avanzado con tanta rapidez como la incorporación de vehículos aéreos no tripulados por parte de los Grupos Armados Organizados (GAO). Hoy, los drones representan una de las amenazas emergentes más complejas para la seguridad nacional y obligan a replantear los esquemas tradicionales de protección de las tropas y de las instalaciones estratégicas.

Los drones comerciales, originalmente diseñados para fotografía, agricultura o recreación, han sido modificados por organizaciones criminales y grupos insurgentes para desarrollar misiones de reconocimiento, vigilancia, inteligencia y ataque mediante el lanzamiento de explosivos. Su bajo costo, facilidad de adquisición y disponibilidad en el mercado internacional han democratizado una capacidad que hace pocos años era exclusiva de los Estados. Esta realidad modifica profundamente la relación costo-beneficio del conflicto, pues un dron relativamente económico puede generar efectos tácticos y psicológicos desproporcionados sobre una unidad militar o policial.

La guerra entre Rusia y Ucrania constituye el mayor laboratorio tecnológico del combate moderno. Allí quedó demostrado que los drones dejaron de ser un elemento complementario para convertirse en uno de los principales protagonistas del campo de batalla. Ambos bandos emplean miles de drones para localizar objetivos, corregir fuego de artillería, efectuar ataques de precisión y hostigar permanentemente a las tropas. Como consecuencia, también surgió una intensa carrera tecnológica para desarrollar sistemas antidrones cada vez más sofisticados, incluyendo radares especializados, sensores electroópticos, inteligencia artificial, inhibidores de frecuencia, sistemas de guerra electrónica y armas de energía dirigida.

Sin embargo, una de las principales lecciones del conflicto europeo es que ningún sistema antidrón posee una eficacia absoluta. Los drones evolucionan continuamente mediante nuevas frecuencias de comunicación, navegación autónoma, sistemas inerciales, enlaces digitales cifrados y perfiles de vuelo que reducen la efectividad de determinadas contramedidas electrónicas. Este fenómeno genera un permanente ciclo de adaptación entre ataque y defensa. Cada innovación tecnológica es respondida rápidamente por otra innovación del adversario.

Precisamente por esta razón, varios ejércitos occidentales han comenzado a recuperar capacidades tradicionales como complemento de los sistemas antidrones modernos. Entre ellas sobresale la escopeta calibre 12, un arma cuya vigencia parecía limitada a funciones de apertura de puertas, vigilancia o control de disturbios, pero que ha adquirido una nueva utilidad como elemento de defensa inmediata frente a determinados drones de pequeño tamaño que logran superar las capas iniciales de protección.

Es importante aclarar que la escopeta calibre 12 no constituye un sistema antidrón propiamente dicho. Tampoco reemplaza los sistemas de guerra electrónica ni las plataformas especializadas de detección. Su verdadero valor radica en convertirse en una herramienta de última instancia dentro de un esquema de defensa en capas. Cuando un dron evade los sensores, supera las interferencias electrónicas y se aproxima peligrosamente a una posición militar, la capacidad de reacción inmediata puede marcar la diferencia entre neutralizar la amenaza o sufrir un ataque exitoso.

Colombia enfrenta actualmente una situación que guarda similitudes con esa evolución tecnológica. Los Grupos Armados Organizados han demostrado una creciente capacidad de adaptación operacional.  Estructuras criminales han incorporado drones comerciales modificados para actividades de inteligencia y, en algunos casos, para ataques mediante explosivos improvisados. Esta tendencia obliga a reconocer que la amenaza ya no pertenece al futuro, sino que forma parte del escenario actual del conflicto colombiano.

El principal desafío consiste en que la doctrina institucional continúa orientándose prioritariamente hacia sistemas antidrones de carácter tecnológico, especialmente aquellos basados en guerra electrónica e inhibición de señales. Estas capacidades son indispensables y deben seguir fortaleciéndose. Sin embargo, la experiencia internacional demuestra que depender exclusivamente de una única tecnología puede generar vulnerabilidades cuando el adversario modifica rápidamente sus métodos de operación.

En este contexto surge una pregunta estratégica: ¿debería Colombia evaluar doctrinalmente la incorporación de la escopeta calibre 12 como capacidad complementaria de defensa antidrón de muy corto alcance?

La respuesta no implica adoptar automáticamente este sistema como solución definitiva. Lo recomendable sería desarrollar un proceso institucional de experimentación operacional. Las Fuerzas Militares y la Policía Nacional cuentan con escuelas de formación, centros de doctrina y unidades especializadas con capacidad suficiente para realizar pruebas controladas, evaluar diferentes tipos de munición, establecer distancias efectivas, determinar protocolos de empleo y definir en qué escenarios podría aportar valor agregado.

Una eventual incorporación doctrinal debería limitarse a funciones muy específicas, como la protección de bases militares, estaciones de Policía, puestos avanzados de combate, convoyes detenidos, instalaciones estratégicas e infraestructura crítica. En todos estos escenarios, la escopeta actuaría únicamente como la última barrera defensiva cuando los sistemas de detección y neutralización tecnológica no hubieran logrado detener la amenaza.

La ventaja de esta aproximación radica en la construcción de un modelo de defensa en capas. En primer lugar actuarían los sistemas de inteligencia para identificar amenazas potenciales; posteriormente entrarían en funcionamiento los radares, sensores acústicos y cámaras especializadas; una tercera capa estaría conformada por equipos de guerra electrónica e inhibidores de frecuencia; finalmente, si el dron lograra aproximarse al perímetro inmediato, existiría una capacidad de respuesta física destinada exclusivamente a proteger la vida de los uniformados y la infraestructura.

Otro aspecto relevante corresponde al análisis costo-beneficio. La adquisición de sistemas antidrones especializados implica inversiones considerables en tecnología, mantenimiento y actualización permanente. En contraste, la escopeta calibre 12 ya hace parte del inventario de numerosas instituciones de seguridad en Colombia. Esto permitiría, en caso de demostrarse su utilidad operacional, aprovechar capacidades existentes mediante entrenamiento específico, sin que ello implique sustituir los programas tecnológicos que actualmente desarrolla el Ministerio de Defensa.

No obstante, cualquier decisión en esta materia debe fundamentarse en evidencia científica y no en percepciones. Resultaría inconveniente incorporar doctrinas basadas únicamente en experiencias aisladas observadas en conflictos internacionales. Colombia posee características geográficas, climáticas y operacionales diferentes a las de Europa Oriental. Por ello, la validación debe realizarse mediante ejercicios propios que permitan determinar objetivamente las ventajas, limitaciones y condiciones de empleo de este tipo de armamento frente a las amenazas presentes en el territorio nacional.

El verdadero aprendizaje que deja la guerra moderna no consiste en recuperar armas antiguas, sino en comprender que la innovación tecnológica obliga a mantener una adaptación doctrinal permanente. La superioridad militar ya no depende exclusivamente de poseer los sistemas más sofisticados, sino de integrar diferentes capacidades que funcionen de manera coordinada y redundante. La resiliencia operacional se construye precisamente mediante la combinación de inteligencia, tecnología, entrenamiento, doctrina y medios convencionales que se complementan entre sí.

En conclusión, la creciente utilización de drones por parte de los Grupos Armados Organizados representa uno de los mayores desafíos para la seguridad colombiana durante la presente década. Frente a esta realidad, el país debe continuar fortaleciendo sus capacidades C-UAS mediante sensores, inteligencia artificial, radares y guerra electrónica. Sin embargo, la experiencia internacional también invita a explorar soluciones complementarias para la defensa de muy corto alcance. En ese contexto, la escopeta calibre 12 merece ser evaluada técnica y doctrinalmente como un recurso adicional dentro de un sistema integral de defensa en capas, nunca como sustituto de la tecnología, sino como un elemento de contingencia destinado a incrementar la supervivencia de las tropas cuando las demás barreras de protección hayan sido superadas. 

La capacidad de anticiparse a la evolución tecnológica de los grupos armados será uno de los factores decisivos para preservar la iniciativa estratégica y garantizar la protección de quienes diariamente enfrentan las amenazas contra la seguridad y la defensa nacional.

martes, 21 de julio de 2026

Plan Patriota 2.0, la nueva apuesta para recuperar la seguridad

Por: Carlos Cotes

Durante más de dos décadas, Colombia ha enfrentado profundas transformaciones en materia de seguridad. Las amenazas ya no son las mismas y, por esa razón, las estrategias del Estado tampoco pueden seguir siendo iguales. Si en los primeros años del siglo XXI el país respondió con el denominado Plan Patriota, hoy comienza a hablarse de un Plan Patriota 2.0, una iniciativa que busca enfrentar un escenario criminal mucho más complejo y adaptado a los tiempos actuales.

El Plan Patriota original nació en 2003 con un propósito claro,  debilitar militarmente a las FARC, recuperar el control de extensas zonas del territorio nacional y restablecer la presencia del Estado en regiones donde durante años predominó la violencia. Fue una operación de gran magnitud que permitió reducir la capacidad ofensiva de esa guerrilla, recuperar corredores estratégicos y fortalecer la presencia de la Fuerza Pública. Sin embargo, el país cambió y las amenazas también.

Hoy Colombia enfrenta una realidad distinta. Ya no existe un solo actor armado con una estructura centralizada. En su lugar operan organizaciones criminales dedicadas al narcotráfico, la minería ilegal, la extorsión, el tráfico de armas, el contrabando y otras economías ilícitas. A ello se suman grupos armados organizados, que han demostrado una gran capacidad para adaptarse, financiarse y expandirse mediante alianzas criminales.

Es precisamente frente a ese nuevo panorama que surge el concepto de Plan Patriota 2.0. Más que repetir una estrategia del pasado, representa una evolución en la forma de entender la seguridad. Su objetivo ya no es únicamente recuperar territorios, sino desarticular las redes criminales que afectan la estabilidad del país desde diferentes frentes.

Esta nueva estrategia plantea fortalecer la inteligencia, incorporar tecnologías como drones, vigilancia satelital e inteligencia artificial, mejorar la coordinación entre las Fuerzas Militares, la Policía y los organismos judiciales, y golpear las finanzas de las organizaciones ilegales. La idea es atacar no solo a quienes cometen los delitos, sino también las estructuras económicas que los sostienen.

Otro de sus pilares es la cooperación internacional. El narcotráfico y el crimen organizado ya no conocen fronteras, por lo que el intercambio de inteligencia y el trabajo conjunto con países aliados serán determinantes para obtener mejores resultados. De igual manera, el Plan Patriota 2.0 busca proteger la infraestructura estratégica del país y fortalecer las capacidades de ciberseguridad frente a nuevas amenazas digitales.

Pero ninguna estrategia de seguridad será suficiente si la recuperación del territorio no viene acompañada de una presencia efectiva del Estado. Las comunidades necesitan vías, educación, salud, justicia, oportunidades de empleo y programas de desarrollo que reduzcan la influencia de las organizaciones criminales. La seguridad no depende únicamente de las armas; también se construye con instituciones sólidas y con confianza ciudadana.

El verdadero desafío será lograr que este nuevo modelo combine firmeza contra el crimen con respeto por los derechos humanos y el Estado de derecho. La legitimidad institucional es tan importante como la capacidad operacional, porque una política de seguridad solo es sostenible cuando cuenta con el respaldo de la población.

El Plan Patriota 2.0 será financiado principalmente con recursos del presupuesto nacional para defensa y seguridad, complementados por cooperación internacional y coordinado con Estados Unidos y otros países aliados en materia de intercambio de inteligencia, asistencia técnica, capacitación y tecnología, además de una estrecha articulación entre las Fuerzas Militares, la Policía Nacional, la Fiscalía y demás entidades del Estado para golpear las estructuras criminales y sus fuentes de financiación.

En definitiva, el Plan Patriota 2.0 no debe entenderse como el regreso de una estrategia del pasado, sino como la adaptación de la política de seguridad a los desafíos del siglo XXI. Si logra integrar inteligencia, tecnología, cooperación internacional, acción conjunta y presencia integral del Estado, podrá convertirse en una herramienta decisiva para recuperar el control del territorio, debilitar las economías ilegales y brindar a los colombianos un entorno de mayor tranquilidad. 

El reto será pasar del anuncio a la ejecución y demostrar que Colombia está preparada para enfrentar las amenazas del presente con una visión moderna, integral y de largo plazo.

**Esta columna, expone reflexiones personales del autor sobre temas de seguridad, defensa y convivencia; por lo tanto, las ideas aquí expuestas no representan posiciones institucionales ni comprometen a entidad alguna**

domingo, 19 de julio de 2026

Valledupar, una tierra que también forjó la libertad de Colombia

                                                         Por: Carlos Cotes

Cada 20 de julio los colombianos conmemoramos el inicio del proceso que dio origen a nuestra independencia. Son ya 216 años desde aquel histórico acontecimiento de 1810 que despertó el anhelo de libertad y abrió el camino hacia la construcción de una República soberana. Sin embargo, esta fecha no debe entenderse únicamente como el recuerdo de los sucesos ocurridos en Santafé. La independencia fue una causa nacional que se edificó gracias al compromiso de numerosas provincias cuyos habitantes aportaron su liderazgo, sus recursos y, en muchos casos, su propia vida. Entre esos territorios sobresale Valledupar, una tierra cuya contribución merece ser recordada con orgullo.

La historia demuestra que Valledupar no permaneció indiferente frente al nacimiento de la nación. Por el contrario, fue uno de los primeros territorios del antiguo Virreinato en abrazar la causa emancipadora, proclamando su independencia el 4 de febrero de 1813. Aquella decisión representó mucho más que un acto político: simbolizó la determinación de un pueblo dispuesto a romper las cadenas del dominio colonial y a asumir el desafío de construir un futuro libre.

En ese proceso emerge una figura inmensa para la historia regional y nacional: María Concepción Loperena de Fernández de Castro. Su liderazgo, visión y patriotismo la convirtieron en protagonista de la independencia vallenata. No solo impulsó la proclamación libertaria, sino que puso su patrimonio al servicio de la causa, entregando caballos, recursos y apoyo logístico al Ejército Libertador. Su legado demuestra que la independencia también fue posible gracias al compromiso de mujeres que entendieron que la libertad exigía decisión, sacrificio y grandeza.

Valledupar también aportó hombres para las milicias patriotas, alimentos, ganado y recursos estratégicos que fortalecieron las campañas militares que culminarían con la consolidación de la República. Su ubicación geográfica, entre la Sierra Nevada de Santa Marta y el valle del río Cesar, convirtió a esta región en un corredor fundamental para la movilización y el abastecimiento de las fuerzas libertadoras. La historia nacional no puede escribirse sin reconocer ese valioso aporte.

Conmemorar hoy los 216 años de la Independencia significa comprender que la libertad fue una obra colectiva. Significa reconocer que el patriotismo no nació únicamente en los grandes centros políticos, sino también en ciudades como Valledupar, donde hombres y mujeres asumieron con valentía el compromiso de construir una nación libre.

Que esta fecha fortalezca nuestro sentido de pertenencia y nos recuerde que la independencia no es únicamente un hecho del pasado, sino un legado que exige preservar la democracia, defender las instituciones y trabajar unidos por una Colombia más segura, más justa y más próspera. Honrar a Valledupar y a sus héroes es reconocer que la historia de Colombia también se escribió desde el corazón del Caribe colombiano.

En esta conmemoración de los 216 años de nuestra Independencia, expreso un profundo reconocimiento y felicitación a los hombres y mujeres de las Fuerzas Militares de Colombia y de la Policía Nacional, quienes, con honor, disciplina y patriotismo, continúan siendo los guardianes de la libertad conquistada por nuestros próceres. 

A los soldados que vigilan nuestras fronteras desde la tierra, a los marinos que protegen los mares, costas y ríos de la Nación, a los hombres y mujeres de la Fuerza Aeroespacial Colombiana que custodian nuestro espacio aéreo, y a los integrantes de la Policía Nacional que diariamente preservan la convivencia, el orden público y la seguridad ciudadana, gracias por su entrega silenciosa, su sacrificio permanente y su invaluable servicio a Colombia. Su compromiso mantiene vivo el legado de quienes hicieron posible nuestra independencia y fortalece la esperanza de construir un país cada vez más libre, seguro y próspero.

lunes, 13 de julio de 2026

Cibernarcotráfico, la otra frontera del crimen organizado

POR:CARLOS COTES

Durante décadas, la lucha contra el narcotráfico estuvo concentrada en la erradicación de cultivos ilícitos, la interdicción de cargamentos, la captura de cabecillas y la desarticulación de estructuras criminales. Sin embargo, el crimen organizado ha evolucionado al mismo ritmo que la tecnología, trasladando parte de sus operaciones al mundo digital. Hoy enfrentamos una nueva amenaza, el cibernarcotráfico.

Este fenómeno consiste en el uso de internet, redes sociales, aplicaciones de mensajería, criptomonedas y plataformas clandestinas para facilitar actividades relacionadas con la comercialización de drogas ilícitas. Ya no se trata únicamente de laboratorios ocultos o rutas terrestres y marítimas; ahora las organizaciones criminales también operan desde computadores, teléfonos inteligentes y redes cifradas que les permiten actuar con mayor anonimato y alcance global.

Las estructuras criminales han comprendido que el ciberespacio ofrece ventajas estratégicas. A través de aplicaciones de mensajería encriptada coordinan envíos, reclutan colaboradores, establecen contactos con compradores y realizan transacciones financieras difíciles de rastrear. Incluso utilizan la denominada “Dark Web”, una porción oculta de internet donde es posible adquirir sustancias ilícitas, intercambiar información criminal y ocultar la identidad de vendedores y consumidores.

Uno de los aspectos más preocupantes es la creciente comercialización de drogas mediante redes sociales. Sustancias como marihuana, LSD, ketamina, tusi y otras drogas sintéticas son ofertadas mediante códigos, imágenes modificadas y lenguaje cifrado que dificulta la acción de las autoridades. Esta modalidad acerca el narcotráfico a jóvenes y menores de edad, ampliando el mercado de consumo y reduciendo las barreras tradicionales de acceso.

A ello se suma el uso de criptomonedas y técnicas antiforenses que permiten ocultar el origen y destino de los recursos obtenidos ilegalmente. Las organizaciones criminales emplean redes privadas virtuales, sistemas de anonimización y mecanismos de evasión digital que complican la identificación de los responsables y la recolección de evidencia judicial.

El cibernarcotráfico representa una amenaza directa para la seguridad ciudadana, y la seguridad nacional. Los recursos generados por estas economías ilícitas fortalecen organizaciones criminales transnacionales, financian grupos armados y contribuyen a la expansión de otras actividades delictivas como la extorsión, el lavado de activos y la trata de personas.

Frente a este desafío, los Estados deben fortalecer sus capacidades de ciberinteligencia, investigación digital y cooperación internacional. La lucha contra el narcotráfico ya no se libra únicamente en las calles, los puertos o las zonas rurales; también se desarrolla en servidores, plataformas digitales y redes ocultas.

El crimen organizado comprendió que el futuro está en la tecnología. La gran pregunta es si los Estados están avanzando con la misma velocidad para enfrentarlo.

lunes, 6 de julio de 2026

Seguridad sin estrategia es improvisación

Por: Carlos Cotes

Cada vez que aumentan los homicidios, la respuesta más frecuente de muchos gobiernos es anunciar "mano dura". El discurso suele ser atractivo porque transmite autoridad y decisión. Sin embargo, la evidencia internacional demuestra que el problema no es la mano dura en sí misma, sino la forma como se aplica.


La fuerza del Estado sigue siendo indispensable para garantizar la seguridad. Ningún país ha reducido la violencia renunciando al uso legítimo de la fuerza. Cuando la estrategia se limita a más discursos, sin inteligencia, sin coordinación y sin trabajo con la comunidad, los homicidios terminan reapareciendo.


Ahí radica uno de los errores más comunes de algunos gobiernos: improvisan. Confunden seguridad ciudadana con seguridad nacional y aplican las mismas recetas para problemas completamente distintos. No entienden que la violencia urbana y el crimen organizado de alcance nacional obedecen a dinámicas diferentes y, por tanto, exigen respuestas distintas.


Ojo, hablo de la Seguridad Ciudadana, esta no se construye desde un helicóptero ni se resuelve "echando bala". Se construye desde el barrio, la escuela, la familia y la comunidad. Su mayor fortaleza está en el trabajo articulado entre gobierno, Policía y ciudadanía. Ese triángulo genera confianza, mejora la convivencia, fortalece la cultura ciudadana y permite intervenir oportunamente a los jóvenes que se encuentran en riesgo de ingresar a la delincuencia. La inteligencia policial, la focalización en los principales generadores de violencia, el manejo del tiempo libre de niños y adolescentes, la recuperación del espacio público y las campañas de resolución pacífica de conflictos han demostrado ser herramientas mucho más efectivas que las acciones indiscriminadas.


Muy distinta es la seguridad pública y nacional. Allí el desafío cambia por completo. Combatir grupos armados organizados, enfrentar el terrorismo, el narcotráfico, el contrabando, la minería ilegal o las redes criminales transnacionales exige operaciones coordinadas entre Ejército, Policía, Fiscalía y organismos de inteligencia. En las zonas rurales, por ejemplo, fenómenos como el abigeato requieren capacidades especializadas y presencia permanente del Estado. Pretender enfrentar estos problemas con las mismas políticas utilizadas para reducir homicidios urbanos es un error estratégico.

 

La experiencia demuestra que un experto en seguridad nacional no necesariamente posee la misma formación para diseñar políticas públicas de seguridad ciudadana. Un oficial militar, por la naturaleza de su carrera, ha sido preparado para enfrentar amenazas contra la soberanía, la integridad territorial y los grupos armados organizados, donde predominan conceptos como control del territorio, operaciones militares, inteligencia estratégica y neutralización del enemigo.


La seguridad ciudadana, en cambio, exige una visión distinta: prevención del delito, convivencia, cultura ciudadana, participación comunitaria, resolución pacífica de conflictos, intervención sobre factores de riesgo y articulación permanente entre gobierno, Policía y comunidad. Ambos conocimientos son valiosos y complementarios, pero responden a problemas diferentes. Por ello, diseñar políticas de seguridad ciudadana requiere competencias específicas que van más allá de la experiencia en seguridad nacional y demanda comprender las dinámicas sociales y criminológicas propias de los entornos urbanos y rurales.


Por eso también es equivocada la idea de que quien domina la seguridad nacional automáticamente domina la seguridad ciudadana. Son disciplinas complementarias, pero profundamente diferentes. Un excelente estratega militar no necesariamente es un experto en convivencia urbana, así como un especialista en prevención del delito no necesariamente posee la experiencia para conducir operaciones contra estructuras armadas de carácter transnacional.


A modo de comparación, así como la medicina se ha desarrollado en múltiples especialidades porque comprende que no todas las enfermedades tienen el mismo diagnóstico ni el mismo tratamiento, la seguridad también posee diferentes especialidades, cada una con conocimientos, metodologías y capacidades propias. Existen expertos en seguridad ciudadana, seguridad pública, seguridad nacional, inteligencia, ciberseguridad, terrorismo, crimen organizado, convivencia ciudadana y gestión del riesgo, entre otras áreas. Pretender que un solo especialista domine con igual profundidad todas estas disciplinas es tan equivocado como pensar que cualquier médico puede ejercer todas las especialidades. Confundir estos campos conduce a diagnósticos errados y, en consecuencia, al diseño de políticas públicas ineficaces, porque cada problema de seguridad exige una respuesta técnica, diferenciada y especializada.


La verdadera mano dura no consiste en usar más fuerza, sino en usarla con inteligencia, legitimidad, coordinación institucional y objetivos claramente definidos. Cuando la fuerza se complementa con investigación criminal, prevención social, participación comunitaria y presencia integral del Estado, los homicidios disminuyen de manera sostenible. Cuando se improvisa, solo se obtiene una sensación pasajera de control mientras la violencia encuentra nuevas formas de reorganizarse y mutar. La seguridad no admite improvisaciones; exige conocimiento, estrategia y la capacidad de entender que cada problema requiere una respuesta diferente.

miércoles, 1 de julio de 2026

Indumil y la escopeta calibre 12, una respuesta inmediata contra drones terroristas

Por: Carlos Cotes

Las guerras del siglo XXI están demostrando que el poder militar ya no depende únicamente de aviones de combate, misiles de precisión o sofisticados sistemas de armas. Hoy, un dron comercial modificado con explosivos puede convertirse en un instrumento de terrorismo capaz de destruir infraestructura crítica, afectar operaciones militares y causar numerosas víctimas en cuestión de segundos. Lo ocurrido en la guerra entre Rusia y Ucrania dejó una lección contundente: la amenaza evolucionó más rápido que las doctrinas de defensa y, en muchos casos, incluso más rápido que la tecnología diseñada para neutralizarla.

La experiencia internacional evidencia que los modernos sistemas antidrones representan una capacidad indispensable, pero no infalible. La constante innovación de los drones, la adaptación de sus sistemas de navegación, la reducción de su firma electrónica y el empleo de ataques coordinados han puesto a prueba incluso a las fuerzas militares más avanzadas del mundo. En consecuencia, la defensa efectiva exige combinar tecnología de última generación con capacidades complementarias que permitan responder durante los segundos críticos previos al impacto.

Colombia no puede asumir que esta amenaza permanecerá distante. Los Grupos Armados Organizados han demostrado una permanente capacidad para incorporar nuevas tecnologías y adaptar sus métodos de violencia. El empleo de drones con explosivos contra estaciones de Policía, batallones, bases militares, infraestructura energética, instalaciones estratégicas o incluso contra la población civil constituye un escenario que exige preparación inmediata y no únicamente planificación futura.

En este contexto, la industria militar nacional adquiere una importancia estratégica. Indumil posee la capacidad de fabricar la escopeta Santander calibre 12, un equipo ampliamente conocido por la Fuerza Pública que, acompañado de entrenamiento especializado, doctrina operacional y protocolos claros de empleo, podría incorporarse como una capacidad complementaria de defensa de corto alcance frente a drones de baja altura cuando no existan medios electrónicos disponibles o estos resulten insuficientes.

No se trata de sustituir los sistemas antidrones de alta tecnología. Todo lo contrario. Colombia debe avanzar decididamente en su adquisición. Sin embargo, también es necesario reconocer que los procesos de estructuración, contratación, importación, pruebas e implementación de estos sistemas demandan tiempo. Mientras esas capacidades llegan al país, la amenaza continúa evolucionando y ningún procedimiento administrativo detendrá un ataque terrorista.

Por ello, este también es un respetuoso llamado al nuevo Presidente de Colombia para que incorpore esta realidad dentro de la agenda de seguridad nacional. La protección de la Fuerza Pública y de la población civil requiere decisiones oportunas, combinando inversión tecnológica con soluciones nacionales disponibles de manera inmediata. Cada mes que transcurra sin fortalecer la capacidad defensiva representa una ventana de vulnerabilidad que podría ser aprovechada por organizaciones criminales.

La preocupación aumenta frente a la posibilidad de ataques mediante enjambres de drones, una modalidad que consiste en el empleo simultáneo de múltiples aeronaves no tripuladas para saturar las defensas, dificultar la reacción y multiplicar los efectos destructivos. Un ataque de esta naturaleza contra una estación de Policía, un batallón o una instalación estratégica podría generar numerosas víctimas y comprometer seriamente la capacidad de respuesta institucional.

La historia demuestra que los conflictos no esperan a que concluyan los procesos de contratación pública. La mejor defensa siempre será la anticipación. Fortalecer a Indumil, aprovechar su capacidad industrial y dotar oportunamente a la Fuerza Pública de herramientas complementarias como la escopeta Santander calibre 12 puede constituir una medida práctica mientras el país consolida una arquitectura integral de defensa antidrón. Prepararse hoy no significa asumir que el ataque ocurrirá; significa garantizar que, si ocurre, Colombia esté en mejores condiciones para proteger a quienes diariamente arriesgan su vida por la seguridad de todos.

Ciberdefensa, la cuarta fuerza que Colombia necesita

                                                Por: Carlos Cotes La seguridad nacional de Colombia cambió. El territorio ya no se defiende ...