Por Carlos Cotes Maya
Detrás de cada frontera invisible hay una comunidad sometida al miedo. Una calle que deja de transitarse, un joven que no puede visitar a sus amigos en otro barrio, un estudiante que modifica su recorrido y un comerciante que debe someterse a las condiciones de quienes pretenden ejercer autoridad sobre un territorio que no les pertenece.
Estas fronteras no son simples disputas entre delincuentes. Constituyen una forma de dominación territorial que busca controlar economías ilícitas, restringir la movilidad y someter a la población. Cuando una estructura criminal decide quién puede circular por determinado sector, está desafiando directamente la autoridad legítima del Estado.
¿Cómo recuperar esos territorios?
La respuesta no puede reducirse a operativos policiales esporádicos ni a intervenciones que desaparecen cuando disminuye la presión criminal. Se necesita una estrategia integral, sostenida y coordinada, que combine presencia institucional, inteligencia, investigación judicial, prevención y recuperación del espacio público.
Las autoridades debe garantizar condiciones de seguridad y movilidad; la Fiscalía debe avanzar en la investigación y judicialización de los responsables; y las administraciones territoriales deben liderar acciones que permitan recuperar parques, calles, canchas y entornos comunitarios. La intervención debe proteger a las víctimas, fortalecer la denuncia segura y evitar que las estructuras criminales reconstruyan su dominio.
Pero la seguridad también exige prevenir. Los niños y jóvenes necesitan oportunidades educativas, deportivas, culturales y laborales que reduzcan su exposición al reclutamiento y la instrumentalización criminal. La inversión social no sustituye la acción de la autoridad: la complementa y contribuye a su sostenibilidad.
Hay, además, una advertencia que no debemos ignorar: menos homicidios no siempre significa menos control criminal. Una organización puede dejar de enfrentarse con sus rivales y continuar imponiendo sus reglas mediante el miedo. Por eso, el éxito debe medirse por la libertad efectiva de circulación, la reducción de amenazas y extorsiones, la recuperación de los espacios públicos y la confianza de los ciudadanos en sus instituciones.
En ciudades como intermedias este desafío exige decisiones basadas en información verificable, coordinación interinstitucional y seguimiento permanente. No basta con intervenir un barrio; hay que impedir que el problema se desplace a otro sector y garantizar que la comunidad recupere su tranquilidad.
La verdadera recuperación territorial ocurre cuando un ciudadano puede cruzar una calle sin temor, cuando un niño puede jugar en un parque sin quedar atrapado en disputas criminales y cuando un comerciante puede trabajar sin pagar tributo a quienes pretenden gobernar mediante la intimidación.
Una ciudad no puede aceptar que sus calles tengan dueños ilegales. Las fronteras invisibles deben desaparecer no solamente de los recorridos de sus habitantes, sino también de las relaciones de poder que permiten a los delincuentes controlar sus vidas.
Porque recuperar el territorio no es únicamente una tarea policial: es restablecer la libertad, la autoridad legítima y la dignidad de la ciudadanía. Y en esa misión, el Estado no puede aparecer de manera ocasional. Debe estar presente, actuar con determinación y permanecer.
**Esta columna, expone reflexiones personales del autor sobre temas de seguridad, defensa y convivencia; por lo tanto, las ideas aquí expuestas no representan posiciones institucionales ni comprometen a entidad alguna**

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