viernes, 18 de septiembre de 2026

EL ICEBERG DE LA CRIMINALIDAD, LO QUE VEMOS ES SOLO LA PUNTA

                                                                    Por Carlos Cotes

Cuando se habla de criminalidad, la atención pública suele concentrarse en aquello que aparece en las estadísticas y en los titulares: homicidios, secuestros, extorsiones, atentados, capturas, enfrentamientos y otros hechos que pueden ser registrados y contabilizados. Sin embargo, detrás de cada cifra puede existir una realidad mucho más amplia. Para comprenderla resulta útil recurrir a una imagen: el iceberg de la criminalidad.

Un iceberg muestra apenas una pequeña parte sobre la superficie, mientras la mayor parte permanece sumergida. Algo similar ocurre con el crimen organizado y las estructuras armadas. La punta representa los hechos criminales visibles; debajo se encuentra una compleja red de personas, recursos, relaciones, economías ilegales, capacidades logísticas y mecanismos de control que permiten que esos delitos ocurran, se financien y se reproduzcan.

En la superficie están los delitos que podemos contar. Podemos saber cuántos homicidios, extorsiones, atentados o capturas se registraron. Son indicadores indispensables para medir la seguridad y orientar decisiones. Pero las cifras visibles no siempre revelan la dimensión real de la amenaza. Un homicidio puede ser un dato estadístico y, al mismo tiempo, la expresión final de una estructura que lleva meses construyendo capacidades en un territorio.

Por debajo de esa superficie aparece el verdadero entramado. Allí están las organizaciones de masas, redes de apoyo, colaboradores, informantes y facilitadores. Esto no significa que toda persona de un entorno social sea delincuente. El análisis debe diferenciar a la población civil de quienes cumplen funciones dentro de una organización, mediante inteligencia, investigación y evidencia.

También se encuentra la estructura logística. Ninguna organización criminal funciona únicamente con hombres armados. Necesita movilidad, abastecimiento, comunicaciones, alojamiento, transporte, ocultamiento y recursos económicos. La logística es el sistema circulatorio de la criminalidad. Si permanece intacta, una organización puede reemplazar integrantes, mantener operaciones y adaptarse después de golpes contra sus componentes visibles.

Otro componente especialmente grave es el reclutamiento y utilización de niños, niñas y adolescentes. Un menor puede ser empleado para vigilancia, mensajería, transporte, inteligencia, apoyo logístico o actividades violentas. Por eso, enfrentar el reclutamiento exige proteger al menor, pero también identificar y desarticular las redes que lo captan, instrumentalizan y sustituyen.

Más abajo aparece la economía criminal. Detrás de muchas estructuras existen ingresos provenientes de extorsiones, narcotráfico, contrabando, minería ilegal, tráfico de mercancías, lavado de activos y otras rentas ilícitas. Esta economía permite comprar recursos, pagar colaboradores, movilizar integrantes, sostener redes logísticas y financiar nuevas actividades. Por eso, afectar solamente al ejecutor material puede producir un resultado inmediato, pero no necesariamente altera la capacidad de la organización.

Existe otra dimensión: el control territorial y social. Una organización no necesita ejercer violencia todos los días para controlar un territorio. Puede imponer restricciones, establecer horarios, vigilar comunidades, amenazar comerciantes, controlar corredores, regular actividades económicas o decidir quién puede movilizarse. Cuando esto ocurre, el problema deja de ser únicamente delincuencia y adquiere características de control territorial criminal.

Esta mirada obliga a cambiar la pregunta. No basta con preguntar cuántos homicidios ocurrieron o cuántas capturas se realizaron. Hay que preguntar qué estructura produce esos homicidios, cómo se financia, quién la abastece, qué corredores utiliza, cómo mueve sus recursos, quién lava sus ganancias, cómo recluta, qué mercados controla y qué redes le permiten sobrevivir. La seguridad efectiva comienza cuando el Estado deja de perseguir solamente los efectos e interviene las capacidades que los producen.

Por eso, la respuesta debe ser integral. La inteligencia debe identificar estructuras, relaciones y patrones. La investigación criminal debe seguir el dinero y establecer responsabilidades. Las autoridades deben recuperar corredores estratégicos y fortalecer el control territorial. La protección de niños, niñas y adolescentes debe impedir que sean convertidos en instrumentos de las organizaciones. La acción institucional debe llegar a los territorios donde la criminalidad intenta llenar vacíos, imponer reglas o construir legitimidad.

Una estructura puede reducir temporalmente sus acciones, cambiar de modalidad o sustituir integrantes sin perder sus capacidades esenciales. Los verdaderos resultados deben observarse también en la pérdida de corredores, fuentes de financiación, redes logísticas, capacidad de reclutamiento, control territorial y posibilidad de reorganización.

El iceberg de la criminalidad nos recuerda que la violencia visible es solamente una parte del fenómeno. La punta puede contarse; lo sumergido debe descubrirse mediante inteligencia e investigación. Allí se encuentra buena parte de la capacidad que permite que el delito se reproduzca.

Combatir la criminalidad no significa únicamente responder al homicidio, al atentado o a la extorsión cuando ya ocurrieron. Significa intervenir la estructura que los hace posibles. Si se golpea solamente la punta, el iceberg permanece. Si se afecta su base financiera, logística, territorial, social y de reclutamiento, se empieza a reducir su capacidad de reproducción.

La seguridad moderna exige mirar debajo de la superficie. Cada delito visible debe conducir a nuevas preguntas sobre la estructura que existe detrás. Porque detrás de una cifra puede haber una organización; detrás de una organización puede existir una economía; y detrás de esa economía puede encontrarse un sistema de control territorial. El verdadero desafío no es solamente contar el crimen, sino comprenderlo, anticiparlo y desarticular las condiciones que permiten su permanencia.

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